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EL SEXO DÉBIL


DIARIO CÓRDOBA, 13-8-2012

Nunca me he dejado llevar por el entusiasmo cosmopolita, tan políticamente correcto y superficial, que provocan las Olimpiadas. Como nunca las banderas ni los himnos han hecho mella en mi corazón sin fronteras, tampoco he llegado a sentir el fervor patriótico que generan en muchos espectadores. No cabe duda de que el deporte, sumado a los vínculos nacionales, provoca unos sentimientos muy parecidos los religiosos, hasta el punto de llegar a la disolución del yo en una euforia tribal muy parecida a una anestesia. Estos efectos alcanzan su máxima dimensión en el fútbol, que es el deporte rey por sus dimensiones mediáticas y económicas, y disminuyen a medida que lo hace el impacto popular de la manifestación deportiva. De ahí que resulte hasta paradójico, y muy saludable, que en las Olimpiadas el fútbol pase prácticamente desapercibido y otros deportes, habitualmente ninguneados, ocupen portadas y rompan el monopolio del once.
Pero en Londres, junto a esa reivindicación nunca suficiente de deportistas que jamás serán millonarios ni sonreirán en las mochilas de nuestros hijos, lo más destacable ha sido la presencia poderosa de las mujeres. De una parte, porque al fin han estado presentes en todas las delegaciones, superando incluso en alguna a los hombres. De otra, y en el caso concreto de nuestro país, porque han demostrado que, a pesar de las mayores dificultades que todavía sufren para alcanzar determinadas metas, están mejor preparadas y tienen mucha más garra que unos chicos que, salvo contadas excepciones, parecen prisioneros de su obligado heroísmo. En claro contraste con su invisibilidad habitual en los medios, las deportistas españolas han ocupado minutos de los telediarios, portadas de los periódicos y, de esta manera, les hemos puesto nombres y apellidos. Es decir, han dejado el mundo de las "idénticas" para pasar al de los "sujetos". Y lo han hecho sin alardes de heroicidad y con la modestia de quien sabe que el secreto del éxito radica en la constancia y la disciplina. Algo de lo que ellas, acostumbradas a batallar en un mundo patriarcal, pueden darnos buenas lecciones. Los medios han abusado sin embargo de calificativos que tratan de equipararlas con los hombres y de adjudicarles valores masculinos --las chicas son guerreras--, cuando en realidad lo que habría que subrayar es que su única pelea tiene que ver con las reglas de un mundo de las continúa invisibilizando y que, en el mejor de los casos, les ofrece más dificultades que a sus colegas varones para llegar a las mismas metas. Unos colegas que, no siempre, aceptan de buen grado que ellas ocupen los podios, ya que ello implica despojarlos de privilegios y obligarlos a compartir la gloria que ellos monopolizaban.
El deporte, ese territorio privilegiado en el que durante siglos los hombres han demostrado su virilidad y del que han excluido no solo a las mujeres sino también a los que no eran "suficientemente hombres", ha visto como por unos días al menos las mujeres lo hacían suyo y declinaban en femenino unas medallas que también representan cuotas de poder, representatividad, singularidad en un mundo que no puede continuar ignorándolas o considerándolas una anécdota en cualquiera de los ámbitos de desarrollo del ser humano. Ellas llevan siglos demostrando, aunque a muchos les cueste todavía trabajo asumirlo, que no son el sexo débil y que su fortaleza reside en su capacidad para remontar el vuelo y para multiplicar sus potencialidades pese a los barrotes. En este sentido, los que siempre hemos sido educados en la "pedagogía del privilegio" deberíamos empezar a dejar atrás al machito ibérico y a creernos de una vez por todas que lo importante no es ganar, sino participar, todas y todos, en condiciones de igualdad. La mejor lección que deberíamos haber aprendido en unos JJ.OO que empezaron recordando a las sufragistas pero dejando bien claro que el héroe continúa siendo James Bond

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