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EL IMPERIO DE LA LEY

DIARIO CÓRDOBA, 13-2-2012
Las reacciones a la sentencia que ha inhabilitado al juez Garzón han vuelto a demostrar lo necesaria y urgente que en este país es Educación para la Ciudadanía. Muchas de ellas han puesto de manifiesto una ignorancia muy atrevida de las esencias del Estado de Derecho y, lo que es peor aún, han respondido a un sectarismo impropio de un régimen constitucional. La grandeza del Estado de Derecho, y la mejor garantía para nuestras libertades, reside en el sometimiento de todos, ciudadanos y poderes públicos, a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico (art. 9.1 CE). Es decir, las reglas del juego están marcadas por la ley que, a su vez, goza de la legitimidad democrática que le otorga el haber sido discutida con las suficientes dosis de pluralismo y aprobada por los representantes de la voluntad popular. Bajo este marco, todos, y no digamos los jueces, debemos ser conscientes de los límites y de las consecuencias que supone rebasarlos. Unas consecuencias que, en todo caso, caerán sobre los responsables en el marco de un proceso basado a su vez en una serie de garantías. Las que constituyen el conjunto de derechos fundamentales que componen la "tutela judicial efectiva".
La controvertida sentencia del Supremo es un ejemplo de los que nos podrían servir perfectamente en clase de Derecho para explicar algunas claves de nuestro ordenamiento jurídico. Los jueces se limitan a decir, nada más y nada menos, que el juez Garzón se saltó las reglas del juego y que, como fatal consecuencia, quedó lesionado uno de los derechos básicos de cualquier sistema procesal constitucional, el de defensa. Con independencia de la finalidad, no pongo en duda que legítima que tuviera su actuación, Garzón se situó por encima del Derecho. De ahí que, como bien dice la sentencia, con un tono de intencionada reprimenda, el juez que ha luchado con tanto ahínco contra regímenes dictatoriales ha actuado como lo hubiera hecho un magistrado acostumbrado a un sistema en el que su poder no proviene de las normas jurídicas sino que se sitúa por encima de ellas.
Los argumentos jurídicos no admiten prácticamente discusión, salvo la obvia que puede provocar la siempre plural interpretación del Derecho. Otra cosa es que no nos gusten las normas que han amparado la decisión, o el procedimiento que ha llevado a la sentencia, pero entonces no hay más salida que usando los cauces democráticos intentar su reforma. Cuestión bien distinta son las valoraciones políticas que sobre este caso y, en general, sobre la figura de Garzón se están haciendo desde una izquierda sin matices, prisionera de un frentismo absurdo y más dependiente del adversario político que de su propia coherencia. De ahí el sonrojo que me ha provocado escuchar a un representante del PSOE decir que se siente triste porque un juez del "perfil" de Garzón haya sido condenado, simplemente porque una de las esencias de nuestro sistema es la no distinción de perfiles a la hora de aplicar las normas.
El absurdo frentismo que se ha instalado en nuestra vida pública, alentado por unos medios de comunicación serviles y poco respetuosos con la presunción de inocencia, está provocando que este caso y otros similares se estén usando como arma arrojadiza entre una derecha reaccionaria y una izquierda mesiánica. Nada más peligroso para la madurez de una democracia que, con todos sus defectos y sus mejorables instituciones, nos demuestra con casos como éste que la justicia funciona. Y que uno de sus mayores problemas no es tanto la aparición de personajes como Garzón sino la de comparsas que los convierten en héroes de trincheras en las que con demasiada frecuencia importan más los fines que los medios. Algo que, en términos jurídico-constitucionales, es inaceptable y que, al denunciarlo, no nos convierte en cómplices de la derecha a la que el que esto escribe nunca ha votado ni votará.

Comentarios

  1. Una toma de postura la tuya, Octavio, valiente y decidida; nada fácil, desde la premisa —a la que tan certeramente apuntas— de que éste se ha convertido en un caso 'campo de batalla' para la confrontación política pura y dura (algo, por lo demás, inevitable, dados los elementos concurrentes: trama Gürtel, Garzón...). De todos modos, más allá de consideraciones jurídicas (el derecho, tú lo sabes mejor que nadie, nunca se juega en un 'tapete de fieltro puro'; es imposible...), creo que sobre este caso han pesado consideraciones de muy diversa índole y ha habido condicionantes que han ido más allá de lo estrictamente legal. La justicia nunca se debe impartir a oscuras ni en las catacumbas (ya se sabe: luz y taquígrafos...), pero de ahí a convertirla en el circo de quince pistas en que Garzón (con todas sus virtudes y sus defectos) la había convertido, permanentemente a la busca del más difícil todavía (con su correspondiente portada de periódico...), más allá de lo que pueda gustarle a uno, o no (a mí no me gusta...), es algo que se termina pagando de alguna manera. Tema delicado y complicado, siempre...

    Un fuerte abrazo y hasta pronto.

    P.S. no sabía de la existencia de tu blog. Paso a seguirlo (y a enlazarlo, claro...)

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  2. Acabo de ver tu comentario. Completamente de acuerdo contigo. Bienvenido a mi blog. Todo tuyo.
    Un abrazo.

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