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LOS BELLOS DURMIENTES

 


Siempre fui de poco dormir. Ni siquiera de jovencito me recuerdo quedándome en la cama hasta las tantas. Con los años, las pocas horas que siempre dormí se han ido reduciendo, al tiempo que me he ido volviendo más exigente con las condiciones que necesito para dicha tarea: desde la oscuridad más absoluta a un silencio de tumba. Como además duermo en hoteles con frecuencia, para mí la noche acaba siendo una odisea en la que tengo relaciones nada pacíficas con las almohadas. Ni que decir tiene que me molestan tanto el ruido de los pequeños frigoríficos como la lucecita que toda la noche permanece encendida como el ojo del Gran Hermano. Por todo ello, entre otras razones, he celebrado la conquista de dormir en una habitación distinta a la de mi pareja.

 

Con estos antecedentes, parecía lógico que la nueva novela de Isaac Rosa tendría en mí un lector seducido de manera inmediata, aunque me temo, una vez leída, que podríamos constituir una vasta cofradía quienes pasamos las noches como si estuviéramos en un campo de batalla. Casi agotadas todas las estrategias, farmacológicas o no, que nos permitirían conseguir ese estado casi beatífico que con envidia contemplo en quienes se duermen en cualquier lugar y sin apenas condición. Las buenas noches, que es una fábula a ratos cruel de dos insomnes que se encuentran casualmente y alcanzan el milagro del cerrar los ojos durante horas sin más droga que un abrazo, no es solo, sin embargo, una anécdota alargada con la sabiduría de un escritor que siempre tiene a su favor la imaginación y la empatía con sus personajes. El libro de Isaac Rosa me ha zarandeado tanto porque nos habla de muchos de los malestares que nos aquejan en un siglo donde las “vidas trabajo”, en palabras de Remedios Zafra, nos tienen enganchados a una hiperactividad dañina y en el que hemos ido perdiendo la noción de un tiempo lento, conversacional y cuidadoso, en el que reconocernos y ampararnos. Desde este punto de vista, la novela es por momentos una radiografía del “optimismo cruel” que nos esclaviza y de tantas espinas sobre las que caminamos a diario de tal manera que, cuando llega la noche, tenemos las plantas de los pies atravesadas por cientos de puntas que son como espadas. La mirada de Rosa es por momentos tan devastadora que se acerca a una distopía si no fuera porque todo lo que relata es parte de lo que tú y yo vivimos en unos momentos donde todo está trastocado. Tan disfóricos y tan estúpidamente convencidos de que aunque la vida duela hay que sacar siempre la mejor versión de nosotros mismos. Tú puedes, campeón. Todos los sueños son posibles en la pesadilla prolongada del capitalismo. En el que, además, las tecnologías nos han hecho más siervos que emancipados.

 El insomnio que sufren los protagonistas del libro, como el que sufrimos tú y yo, es el síntoma de una realidad en la que nos hemos ido desconectando del cuerpo y de la naturaleza, y así hemos perdido pie en una época gaseosa y conflictual, en la que las identidades le ganan la partida, en una eterna guerra de religiones, a la subjetividad. De ahí que no debiera extrañarnos ninguna de las enfermedades que nos minan y para las que no hay dormidina que valga. En un universo en el que nos seduce cada minuto un exceso de luz y de imágenes, hemos ido perdiendo nuestra capacidad para regodearnos, como gatas alrededor de las piernas, en la oscuridad donde no cabe un selfi. Hasta el amor ha ido perdiendo el ancla entre los acontecimientos y los deseos. De ahí que más que nunca muchos andemos a la búsqueda de ese amante con el que, al fin, encender la vela de un sueño sin culpa y sin amenaza de agenda por venir. Para así rematar el cuento de los bellos durmientes capaz de hacerle un corte de mangas a ese lema que, como un cuchillo, nos repite a diario que lo raro es dormir.


Publicado en el número de noviembre de 2025 de la Revista GQ:

https://www.pressreader.com/spain/gq-spain/20251028/281603836694405?srsltid=AfmBOorg28narvqgy5FlgxWowii-2Ec2CTaR-T0dcb4W184mR6jh2mnT

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