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LAURA FREIXAS Y EL SILENCIO DE LOS HOMBRES


Como he pasado más de media vida leyendo sólo a hombres, salvo a esas pocas mujeres que en clase nos explicaban como excepciones, hace un tiempo tomé la decisión de que, para compensar esa visión tan sesgada del mundo, tenía que dedicar el resto de mi vida a leer a mujeres. Como ser imperfecto que soy, he de confesar que de vez en cuando,  traiciono ese compromiso, pero en general siempre son autoras las que están en mi mesilla de noche o en la mesa de mi despacho. A medida que voy leyendo libros escritos por mujeres, voy tirando del hilo y me voy encontrando con una genealogía que nunca me explicaron y que me demuestra que nunca he tenido una visión correcta de la Humanidad, porque todo lo leí, lo miré y lo entendí de acuerdo con quienes dominaban la Política, el Pensamiento y el Arte. O sea, nosotros.

Una de las mejores cosas que he ido aprendiendo del feminismo es que tengo que desaprender muchas cosas e ir incorporando otras que yo nunca consideré relevantes. Para eso, la única herramienta posible es leer, escuchar y aprender de las mujeres, a ser posible de mujeres feministas. Solo así, por ejemplo, es como he ido entendiendo la brutal humillación que supone el ejercicio de una sexualidad dominante por nuestra parte, o cómo es de complejo conciliar el desarrollo profesional con una brillante carrera pública, o cómo de dura es la vivencia de la maternidad, tan lejos de esa especie de cuento de hadas en el que sigue insistiendo el mercado. Además, escucharlas y leerlas me ha permitido descubrir todo lo que de mí mismo no sabía, es decir, de qué manera construimos la masculinidad y reproducimos relaciones de poder incluso en sociedades formalmente iguales. Es decir, y por jugar con la célebre sentencia de Virginia Woolf, las mujeres feministas son para mí un espejo en el que me veo no sé si más pequeño de lo que soy, pero sí, como mínimo, más ajustado al machito que sigo llevando dentro. Muy lejos, sin duda, del héroe que desde niño me mostraron como objetivo a seguir.

Con ese ánimo revelador he leído la última novela de Laura Freixas, una mujer de la que tanto aprendo de literatura y de feminismo, o sea, de vida (¡cuánto he recordado en estos días los diarios de Sylvia Plath que ella me recomendó!). A mí no me iba a pasar, que es una autobiografía (con perspectiva de género) en la que la escritora nos relata como ella misma pasa por parte de esos cautiverios que a las mujeres les restan autonomía, muy especialmente por los que derivan de ese rol que Marcela Lagarde denomina de madresposa, me ha servido, entre otras cosas, para descubrir buena parte de ese hombre hegemónico que sigue habitando en mí. Es decir, la trayectoria de esta madresposa, me ha servido para ver justo lo que nosotros nunca hemos querido ver: cómo nos hemos convertido en seres independientes gracias a la dependencia de las mujeres. Esa construcción de la individualidad que muy bien explica Almudena Hernando como “fantasía”. A través del retrato que Freixas nos ofrece de los hombres de su entorno de trabajo – esos patriarcas de distintas generaciones, que se pasan el poder de unos a otros (léanse por favor a Celia Amorós) y que nunca invocan la polla de Marlon Brando en sus reuniones - , de su propio padre y, sobre todo, del marido inicialmente perfecto que acaba convertido en el prototipo más insoportable del hombre proveedor,  he ido evidenciado, una vez más, todo lo que los varones tenemos que desmantelar de una vez por todas.  Esa cultura machista en la que es un lugar común que mujeres como Laura sientan lo que explica con respecto a su padre, ese tipo “del que nunca terminaba de saber si quería que yo tuviera éxito, para presumir de hija, o si no soportaría mi éxito porque le haría sentirse fracasado”.

 Quizás el elemento que con más insistencia he visto aparecer en las páginas de libro es ese silencio que la mujer le reprocha permanentemente al marido. Esa gran sombra, ese árbol, un buen hombre. Un hombre soso incluso, aséptico como un medicamento. “Un hombre al que el sexo no le interesaba demasiado” y del que la autora admiraba esa actitud como de nobleza, de impasibilidad, de corrección, pero también, y ahí está la clave, de huida de las palabras, del encuentro con “la otra”, de asunción por tanto de responsabilidades. Un silencio que es el propio de quien se sabe en una posición dominante, que no tiene nada que negociar y que, por lo que pueda pasar, mejor esquiva las palabras para que no haya posibilidad de quiebra. El problema es que a la protagonista le gusta el silencio de su marido: “todo está bien. No hay nada de qué hablar”. El hombre impasible y la mujer silenciada. Un clásico. Aunque poco después ese silencio se convierte en irritante. En ese intervalo, del buen hombre al desalmado, median siglos de dominio. “Hágase en mí según tu palabra”. Mientras tanto, las mujeres todavía andan buscando argumentos convincentes para el no. Naturaleza vs Cultura: otro clásico. Que se lo digan a Laura y a sus sueños con Claves de razón práctica, esa revista en la que tan habituales son monográficos sin voces femeninas. El mundo de los jefes frente al de las secretarias, a las que cantaban Mocedades. Las chicas de Hermida, ¿recuerdan?

El hombre envidiado, la envidia del pene, un robot. Esos seres desalmados, que no damos muestras de vulnerabilidad y que, sin embargo, Almodóvar dixit, volvemos locas a las mujeres. El amor, el omnipotente amor, el opio de las mujeres en el que Laura se bañó, el que comió y bebió. Sálvame Deluxe.  Ella haciendo merengues y el marido repasando las cuentas. A mí nunca se me han dado bien los bizcochos, pero el gran problema es que nadie me ha enseñado a zurcir ni yo he mostrado el más mínimo interés en hacerlo. Y es que, me confieso, yo también he sido y sigo siendo a veces, un robot con sentimientos elementales, muy lejos, lejísimos del cyborg de Donna Haraway. Aunque también a mí, como a la madre de Laura, con la que sin duda me habría encantado tomar un largo café, los niños me cansan y me aburren. Difícilmente pues sería yo portada de un Smoda dedicado a las nuevas paternidades. Ando, como ya lo hacía Alessandra Kollontai, buscando a ese new man que esté a la altura de la “mujer nueva”.

Ha habido algunas cosas del libro de Laura Freixas que no me acaban de convencer. No he podido evitar ver en ciertos pasajes un cierto aire de folletín – no me acabo de creer, por ejemplo, que una mujer como la protagonista usara con su marido la expresión “hacer el amor” en plena situación de reproches - ;  pienso que la vivencia relatada está muy sesgada por motivos socioeconómicos o, mejor dicho, de clase; tampoco me convence, literariamente hablando, ese final apresurado, como de Thelma y Louise en versión telefilm. Y tampoco creo yo, políticamente hablando, que la solución pase por buscarse una Mercedes pagada, respetada, con horarios y seguridad social. Recordemos, en cualquier caso, que el marido de esta historia podía llegar a ganar hasta catorce o quince veces el salario mínimo. No quiero ni pensar el mismo cautiverio viviendo al lado de un parado de larga duración. Supongo que en este caso la esposa no se enamoraría de una buhardilla ni tendría ocasión de encontrarse con admiradores finos y elegantes en el AVE.

Me parecen mucho más valientes, rotundos literariamente hablando y jugosos desde todos los puntos de vista los dos volúmenes de diarios publicados en los que Laura Freixas nos sacude con un ejercicio de outing que no deja pies con cabeza. En cualquier caso, mis reparos no son un obstáculo para que muchas mujeres se vean reflejadas en momentos, en situaciones o en esa línea genérica de renuncia que supone, todavía hoy, ser madre y que la autora nos muestra con la mirada crítica que otorga el género. Una mirada que, entiendo, es inevitable en que quienes, como la autora, tiene un más que probado compromiso feminista con la transformación de la realidad. De ahí que su autobiografía, sin necesidad de subtítulo, no pudiera tener otra perspectiva.

Me temo, sin embargo, que serán pocos los hombres que se acerquen a este libro. Y no solo porque leemos menos, y no solo porque leemos a menos escritoras, sino porque no se sentirán interpelados por lo que Laura Freixas narra de forma tan sincera y, por lo tanto, denuncia. Yo, como hombre que ha estado casado, que ha sido padre, y que todavía anda tratando de superar al machista que lleva dentro, me he sentido reflejado en muchos momentos en el prota masculino, ese Étienne al que, salvo en una ocasión que no desvelaré, vemos comportarse más como una máquina que como un ser humano. Un magnífico ejemplo de un hombre empresario de sí mismo, tal y como el neoliberalismo, en perfecta alianza con el patriarcado que se reinventa, nos vende como horizonte a los hombres y también a las mujeres del siglo XXI. Todas y todos con un business plan y, a ser posible, con un previsor plan de pensiones.

Y he comprendido a la perfección que la autora de El silencio de las madres siempre hubiera querido tener hijos, pero no convertirse en madre, sino en padre. Una lección que los hombres deberíamos asumir justo al revés, es decir, aprehendiendo el maternaje y la ética del cuidado como ingredientes esenciales de ese nuevo pacto sin el que no será posible una democracia paritaria. Todo ello, por supuesto, sin olvidar la necesidad de desencializar y desmitificar la maternidad – “ser los brazos que acunan, los labios que besan, la mano que sostiene el biberón, la voz que consuela, el codo que prueba la temperatura del agua”- y, en consecuencia, el coste que sigue suponiendo para las mujeres en las sociedades del siglo XXI. Así que, para completar las tareas, queridos colegas de fratría, una vez que os hayáis atrevido a leer a Laura Freixas, intentad seguir con la sabia Adrienne Rich, cuyos ensayos acaban de reeditarse de manera primorosa por Capitán Swing. No se me ocurre mejor manera de ir acabando con la cultura unilateral masculina y de poner las bases para que no haya más Lauras, como Freixas, o como la Brown de Las horas, o como la kelly sin nombre que aguanta junto al marido porque de lo contrario no llega a final de mes, que se vean obligadas a elegir entre vivir o la muerte en vida. Que puedan crear sin trabas y no necesariamente seres humanos con los que evitar el apocalipsis que anuncian los bajos índices de natalidad.






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