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CARMEN Y LOLA: Aprendiendo a nadar


Han sido muchas las críticas que la película Carmen y Lola ha recibido incluso antes de su estreno. La mayoría de ellas, por lo que he podido leer, han procedido de personas o colectivos gitanos que le han echado en cara la visión estereotipada de su pueblo. Muy pocas, sin embargo, se han centrado en las cuestiones meramente cinematográficas y mucho menos en el corazón de la historia de Carmen y Lola. Apenas he leído un párrafo capaz de censurar la raíz machista de la cultura en la que han crecido y viven las dos protagonistas, la cual, por otra parte, no hace sino subrayar en algunos aspectos la que también hemos heredado los payos. Quién esté libre del machismo que todos llevamos dentro que tire la primera piedra. Al margen de que por supuesto, todas y todos tenemos derecho a contemplar contextos que no son los nuestros y lanzar sobre ellos nuestra mirada creadora, reflexiva o crítica. Y quién esté libre de prejuicios que tire la segunda piedra.
La primera película de Arantxa Echevarría es imperfecta, a veces se le notan demasiado las costuras, tal vez peque de ingenua en algunos planteamientos, pero es una película hermosa y necesaria. Tiene justamente lo mejor de una ópera prima que es su manera de transmitirnos lo que su creadora quiere contarnos, las ganas y la pasión con la que se nota que está todo urdido, el cariño con el que se escrito y rodado hasta la última página del guion. Seguramente dará una imagen demasiado plana del pueblo gitano, en el sentido de que caben muchos matices y muchas más realidades, pero también, me temo, que lo que cuenta tiene mucho de verdad. Y eso es lo que más nos debería interesar como espectadores, sobre todo si contemplamos la historia de estas dos chicas enamoradas con unas gafas violetas.
Porque, más allá incluso de la ubicación de esta historia en una determinada cultura, lo que más me gusta de esta película es cómo nos cuenta las dificultades de las mujeres en determinados contextos que hoy continúan siendo ferozmente patriarcales. Cómo el ansia de volar, tan poéticamente dibujada en el personaje de Lola, choca permanentemente con los barrotes de una jaula que durante siglos han condicionado la autonomía de la mitad. Cómo las mujeres han sido siempre, y continúan siendo, las que deben guardar las costumbres, ser fieles cumplidoras de determinadas morales, al tiempo que se mantienen en silencio, domesticadas, porque somos nosotros, los varones, quienes dictamos la ley. Una ley que ha sido históricamente heteronormativa y que, en consecuencia, ha condenado a quienes se separaban de ella a vivir en las afueras. Por supuesto que hay gitanos y gitanas que consiguen escapar de esas normas, o que como mínimo se rebelan contra ellas, pero no es menos cierto que la mayoría siguen viviendo con unas reglas que mantienen una diferenciación jerárquica entre ellos y ellas. No es que sean más machistas que nadie, pero sí que es cierto que su concepción de la familia, sus creencias religiosas o, en general, un modo de vida en el que siempre estuvo muy clara la función de unos y de otras, dificultan sobremanera que las chicas puedan escapar de un destino que las convierte en amas de casa o, en el mejor de los casos, en peluqueras. Sirva como prueba, pequeña pero evidente, que en mis muchos años ya de docencia en la Facultad de Derecho nunca tuve una alumna gitana pero sí he tenido más de un alumno que ahora, quiero imaginar, tiene vida más allá de los mercadillos.
Carmen y Lola, cuya una de sus principales virtudes es el ajustado reparto que tanta vida nos transmite, está llena de bellísimas escenas, que tal vez no sean muy distintas a las que mil veces hemos visto en otras películas románticas. En muy pocas ocasiones, sin embargo, hemos visto esos mismos sentimientos y deseos conjugados en femenino plural y en un contexto en el que las protagonistas tienen que superar múltiples opresiones.  Algo que las dos actrices principales nos transmiten con tanta verdad que es imposible no hacerse cómplices de su amor prohibido. Ese amor que no tiene nombre y al que, tan bien como regla general, casi siempre hemos visto en masculino. Las ganas de volar de Lola, su pasión por los pájaros, son la metáfora naif sí, pero hermosa, que nos reconcilia con los afectos como fuerza liberadora. La Carmen que no sabe nadar y que tiene miedo a hundirse en el mar es el eslabón que une esta historia a la de tantas mujeres que se quedaron sin aprenderlo. Las dos juntas, Carmen y Lola, Lola y Carmen, son el poema perfecto para recordarnos que una cultura de la que no se puede salir no es digna, porque apenas tiene diferencias con una cárcel. Y que por tanto necesitamos del feminismo, en cuanto energía emancipadora, para que salten esos hilvanes que continúan atando a las mujeres a un destino que otros escriben para ellas.
Publicado en diario Público, 26/09/18:
https://blogs.publico.es/otrasmiradas/15526/carmen-y-lola-aprendiendo-a-nadar/

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