“Uno nunca sabe cuál es el sitio donde va a florecer”. Hernán Rivera Letelier, Canción para caminar sobre las aguas Hace ya muchos años que descubrí que en Cádiz habitaba esa parte de mí que siempre está jugando con lo imposible. Quizás no haya otro lugar del mundo en el que sienta sin ningún tipo de aspereza que la vida es eterno movimiento. El que reside en lo más pequeño, en los pliegues más tiernos de los días, el que nos hace parte minúscula de un océano que nos reconcilia con la fragilidad. Cádiz ha sido y es en mi biografía uno de esos espacios en los que he terminado aceptando que soy una mezcla intrépida, un tránsito que bulle, el gerundio que durante mucho tiempo me resistí a aceptar. Por ello, cada vez que vuelvo a esta ciudad, mis células se convierten en esos pececillos que acarician y liman los talones. Entonces, sin miedo alguno, me vuelvo transparente, como si un verso loco de Jean Genet se hubiera escapado de una maceta y me hubiera convertido ...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez