El clamor gozosamente vindicativo, transversal e intergeneracional del pasado 8 de marzo nos puso en evidencia no solo las muchas razones de las mujeres para salir a la calle y reclamar una igual ciudadanía, sino que también una determinada forma de entender el mundo, la que durante siglos hemos capitaneado los hombres, atraviesa una profunda crisis. Ambos extremos están lógicamente interconectados. Es decir, las mujeres no alcanzarán el estatuto de la plena ciudadanía mientras que no superemos unas reglas del juego hechas a imagen y semejanza de los intereses masculinos. Ello pasa por transformar una racionalidad pública que continúa huyendo de las habilidades, estrategias y herramientas consideradas femeninas. O, lo que es lo mismo, por construir una ética cívica que parta de nuestra común precariedad y, en consecuencia, de nuestra necesaria interdependencia. Se trata pues de construir un orden social y político que esté más cerca del amor que del dominio, que se nutra de la dimen...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez