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ANTES DEL AMANECER

Theo y Hugo, París 5:59 empieza de manera rotunda y sin tapujos: veinte minutos de sexo en un cuarto oscuro en el que una docena de hombres se dejan llevar por sus deseos. Ese es el lugar en el que Theo y Hugo se encuentran y viven una especie de revelación. Esta especie de Antes del amanecer en versión gay, y yo diría que mucho más profunda y arriesgada que la hermosa película de Linklater, por lo tanto más auténtica, nos cuenta cómo en apenas unas horas se completa el arco completo que lleva del deseo a la ternura. La estupenda conversación que los dos protagonistas mantienen, primero con sus cuerpos y sus sentidos, luego con palabras, más tardes con los pulsos ("que se me paren los pulsos si te dejo de querer..."), nos ofrece una maravillosa descripción de lo que sin peligro de caer en romanticismos baratos podríamos definir como amor.

El gran mérito de los creadores de esta película - Jacques Martineau, Olivier Ducastel - es haber contado esta historia de amor con la crudeza que supone situarnos en la cuerda floja que siempre supone la realidad, dándole vuelta la a determinados estereotipos que siguen circulando sobre las relaciones entre hombres y todo ello, además, haciéndolo con el mimo de quien no juzga y solo cuenta. El "breve encuentro" de Theo y Hugo, que a todos nos gustaría pensar que dejará de ser breve para que dure lo que tenga que durar, me ha llamado la atención porque nos deja al descubierto cómo los deseos, los cuerpos, la piel, son también una manera de comunicarse, de sentir placer por supuesto y de darlo, pero también de tender puentes y de lograr finalmente el milagro de que se encienda una lucecita. 

La historia de estos dos jóvenes, de los que vamos sabiendo algo, poca cosa, porque tampoco hace falta más, en  un París fotografiado sin tópicos y convertido en creíble escenario para las soledades,  nos demuestra que el vértigo, la locura incluso, pero también la serenidad o la ternura, son componentes imprescindibles para construir algo parecido a eso que desde hace siglos los poetas han  llamado amor. Al margen de lo que dure o del artefacto en que acabe convertido, si nos detenemos solo en el milagro posible de su inicial llamarada. El hecho de que en la historia de estos dos chicos se cruce el fantasma del SIDA es el ingrediente perfecto no para caer en el tópico sensiblero de la lástima o el victimismo, sino para mostrarnos como las debilidades, nuestros miedos, los pozos en cada uno cae por diferentes motivos, también son piezas de nuestra grandeza. Es decir, en esta película vemos comos dos hombres  (interpretados por unos bellos, creíbles y estupendos Geoffrey Couët y François Nambot) se desean, y empiezan a amarse desde la potencia de sus cuerpos jóvenes, pero también comprobamos cómo lo hacen desde el reconocimiento de sus fragilidades. Y es entonces cuando aparece la ternura, la empatía, la dependencia entendida en el mejor de los sentidos posibles. 

Mucho se ha hablado del inicio de esta película, pero yo me quedo con su final. Me quedo con el pene flácido del final y con la voz baja del amante que lo acaricia y le susurra. "También me gustan tus huevos, tienen como peso..."  Cuando Theo y Hugo salen de nuevo a la calle, después de ese momento de desnudez mucho más brutal que el del comienzo de la película, las calles de París siguen estando en su sitio, está amaneciendo y a los dos les apetece comer algo dulce. En apenas unas horas los dos han vivido eso a lo que llevamos siglos tratando de ponerle etiquetas. Tarea inútil cuando se trata de apresar en una instantánea el paso fugaz de un cometa. 




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