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LAS HIJAS DE THELMA Y LOUISE

Nunca olvidaré el día en que vi por primera vez Thelma y LouiseEra entonces un estudiante de Derecho al que le quedaba mucho por aprender del feminismo, del cine y de la vida en general. La vi en unos cines míticos de mi ciudad, bautizados precisamente con un nombre de mujer con una historia muy "de película", Isabel la Católica. Esos cines, en los que tanto aprendí como hombre y como ciudadano, están hoy tristemente cerrados. Aunque en aquel momento no era capaz de traducir políticamente todo lo que la pantalla me mostraba, sí que me sorprendió que en la película fueran dos mujeres las protagonistas absolutas, que se rebelaran contra un mundo que las trataba injustamente y que además fueran partícipes de una relación de complicidad tan alejada de las que habitualmente el cine mostraba entre mujeres. Alrededor de ellas, los hombres aparecían como accesorios, como restauradores de un orden en el que ellos eran los privilegiados, ciertamente torpes y hasta desubicados ante la valentía de unas mujeres que habían decidido ser autónomas. Incluso en sus deseos y en su sexualidad. Recordemos el gozoso cuerpo de un jovencísimo Brad Pitt con el que juegan y disfrutan frente a la brutalidad del macho que recurre a la violación como brutal expresión de unas relaciones de dominio.
Pasados 25 años, lo lamentable es que todavía sigamos celebrando Thelma y Louise casi como una excepción. Ello debería hacernos reflexionar sobre cómo el cine continúa mayoritariamente transmitiendo unos relatos en los que ellas o no están o están de manera devaluada, secundaria o solo excepcionalmente protagonista. Algo que sin duda tiene mucho que ver con el dominio masculino de una industria que genera discriminaciones horizontales y verticales. Ahí están para corroborarlo los datos que hace un par de años revelaba el estudio encargado precisamente por el Instituto Geena Davis sobre la presencia de mujeres y hombres en las películas. Recordar pues la película que dirigió Ridley Scott, en la que tan determinante fueron tanto la guionista Callie Khouri como la productora Mimi Polk Gitlin, debería servirnos pues no solo para completar la debida genealogía feminista que tan olvidada suele estar en la cultura y el conocimiento, sino sobre todo para insistir en la necesidad que tenemos de otros relatos, de otras miradas y de otra Humanidad en la que una mitad, la femenina, no sea la subordinada con respecto a la masculina privilegiada. 

No sé que efecto tendría el visionado de Thelma y Louise en mis alumnas, esas recién mayores de edad que viven en un "espejismo de igualdad", que diría mi querida Elena Simón, y que consumen Crepúsculo y novelitas de Moccia como una renovada promesa del amor romántico de toda la vida. Supongo que a algunas, en el mejor de los casos, les rompería algunos esquemas la historia protagonizada por Susan Sarandon y Geena Davis. A otras, me imagino, les resultaría una historia más propia de las inquietudes de sus madres que las de ellas mismas, socializadas como están en las perversiones del que tan acertadamente Ana de Miguel califica como "mito de la libre elección".  Todo ello por no hablar de mis alumnos, que me temo acabarían generando simpatías propias de una fratría viril con el camionero agresivo o, siendo muy optimista, con el policía incapaz de reconducir al orden, su orden, a las dos rebeldes. Unas rebeldes, no lo olvidemos, con causa.
Chema Conesa 78
Manifestación a favor del aborto en 1978 en Madrid. / Chema Conesa
Tal vez lo que urgentemente tendríamos que plantearnos es qué ha pasado con los hijos y, sobre todo, con las hijas de Thelma y Louise. Es decir, dónde están y cómo construyen sus proyectos vitales las descendientes de unas mujeres que hace más de dos décadas se dejaron la piel en países como el nuestro por conquistar unos espacios de libertad que históricamente se le habían negado y que en muchos casos, lamentablemente, no tuvieron otra opción que lanzarse al vacío como las protagonistas de la película. Tendríamos que revisar qué hemos hecho mal en un mundo que continúa perpetuando las injusticias de género, que devalúa hasta extremos insospechados el feminismo y en el que, sin embargo, las mujeres jóvenes, o al menos un elevado porcentaje de ellas, no consideran como propias las demandas de igualdad y reconocimiento que algunas y algunos entendemos más necesarias que nunca. Y, por supuesto, también deberíamos plantearnos qué ha pasado con nosotros, los hombres, que en gran medida seguimos siendo cómplices, por acción u omisión, de unas relaciones de poder que generan múltiples violencias. 
Nunca me gustó el final de la película, por más que podamos interpretarlo como abierto y por tanto capaz de albergar no tanto un salto al vacío sino  más bien hacia la plena autonomía de las dos protagonistas. Habría deseado sin embargo, y 25 años después lo confirmo, un final en el que ellas triunfasen en cuanto sujetas empoderadas, tal y como solemos ver hacer a los superhéroes masculinos, y que eso provocara que los machitos que las perseguían para reconducirlas al redil fueran los que se precipitaran al vacío que para ellos supondría asumir la masculinidad sin poder ni violencia. Ese es el final pendiente no solo de la película sino de la historia que hoy deberían continuar escribiendo las hijas y los hijos de las mujeres que hace veinticinco años se emocionaron con Thelma y Louise. Hasta que no veamos ese happy end, mucho me temo que la igualdad, como el cine cerrado de mi ciudad, no será sino un espacio para la melancolía.
Publicado en BLOG MUJERES EL PAÍS, 30 de mayo de 2016:
http://blogs.elpais.com/mujeres/2016/05/las-hijas-de-thelma-y-louise.html

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