Siempre que escucho a Luz en directo tengo la sensación de que me/nos regala, como dice una de sus más bellas canciones, un pedazo de cielo. Es tal la fuerza, la energía que desprende, la luminosidad con la que llena el escenario, que es imposible no salir de sus conciertos con ganas de seguir peleando por la vida. Algo que hoy, en este domingo que ya acaba, y en el que he celebrado mi cumpleaños, ha cobrado si cabe más valor aún. Escucharla, pero también celebrar con ella la vida con un fuerte abrazo, ha sido un regalo que nunca olvidaré. Y que sumaré a los muchos momentos que, sin saberlo, Luz ha ido ocupando en mi biografía. Desde que casi adolescente bailé con ella al ritmo de Rufino hasta sus últimas y delicadísimas interpretaciones en italiano y en francés en su reciente Almas gemelas. Entre medias, toda una vida de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de muertes y resurrecciones, de sol, al fin el sol, que siempre vuelve a salir. Y, de banda son...