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PODEMOS, GANEMOS, SOMOS

Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 10-11-2014


La primera persona del plural es inclusiva y nos remite a lo colectivo, a la diversidad que confluye, a lo múltiple que sin embargo es cercano y hasta nuestro. Frente al individualismo egoísta de la primera persona y la distancia inevitable de la segunda, el nosotros nos fortalece, nos permite superar debilidades, nos alienta incluso cuando las fuerzas flaquean y el horizonte parece huir a velocidad de vértigo. El nosotras y el nosotros sirve para reconocernos y para alimentarnos. Nos inspira pero también nos coloca ante el espejo, es decir, es emancipador pero también exigente.
Nosotras y nosotros, esa primera persona del plural, o sea, la ciudadanía, llevamos años sumando rabia, indignación y desconcierto. Hemos asistido primero desde la pasividad, y más tarde desde la impotencia, al deterioro progresivo de un sistema que ha ido perdiendo el nervio de las convicciones y que se ha instalado en la insolencia de las oligarquías. Ellas y ellos, tercera persona de la distancia, es decir, nuestros representantes, han ido construyéndose una torre de marfil en la que manejan un lenguaje que no entendemos, al tiempo que dan continuadas muestras de su incapacidad para traducir en acciones políticas nuestras necesidades. Todo ello en un marco jurídico--constitucional que pide a gritos una reforma que permita superar paradigmas que ya no sirven y que nos acerque a una sociedad democrática avanzada al fin liberada del yugo del preámbulo.
Nosotras y nosotros no salimos del asombro ante los miedos que está provocando que al fin estemos siendo capaces de conjugar los verbos políticos en primera persona del plural. Las reacciones de algunos/as políticos/as, de bastantes medios y de algunas mentes que suponíamos lúcidas, evidencian lo mal que todavía aceptamos las exigencias pluralistas de la democracia, un régimen de libertades en el que debemos tener reconocido hasta nuestro derecho a equivocarnos. Y como mínimo a ser tan malos y tan demagogos como lo han sido con tanta frecuencia los que no han dejado de seducirnos para llevarnos al huerto de las urnas. Con absoluta impunidad muchos y muchas se han quitado la máscara y han dejado al descubierto su rostro de profesionales de la política, sus temores a perder privilegios, su incapacidad de reacción ante un magma que está haciendo que se tambaleen los cimientos de un edificio que en vez de casa del pueblo ha terminado siendo posada de marionetas y mercenarios.
Ante la ceguera y sordera de quienes nos representan, nos hemos agarrado de nuevo a la utopía. Desesperados tal vez ante un panorama que insiste en machacarnos y en el que comprobamos día a día como crecen las desigualdades, como no deja de aumentar la pobreza y la exclusión y como las promesas con las que nos sedujeron se evaporaron entre los barrotes de la cárcel, los banquillos de los juzgados y las salas sin ventilar de unas instituciones encantadas de mirarse el ombligo. Ese agujero negro desde el que los partidos de siempre insisten en protagonizar un presente, y sobre todo un futuro, que nada tiene que ver con el tiempo del que surgieron.
Podemos, debemos pues, poner el grito en el cielo de lo imposible. Necesitamos para sobrevivir creer que otros métodos y otras palabras pueden sustituir las que ya no nos dicen nada. Y todo ello desde el reconocimiento de nuestro derecho a equivocarnos e incluso a albergar dudas sobre lo que puede ser simplemente una explosión y no un proyecto sólido. Porque estamos ya bien hartos de siglas que no nos escuchan y de estrategias que se lideran en nuestro nombre pero sin nosotros. Una ira con libertad, pero sin igualdad, que han alimentado y alimentan los que a estas alturas no se han enterado de que la democracia sin preposiciones no vale nada. Es decir, si en la práctica no responde a las exigencias de ser de verdad un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

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