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LOS ROSTROS DE UN HOMBRE QUE SE EQUIVOCA

Un hombre conduciendo en una autopista. Es de noche y solo vemos las luces lejanas de las ciudades y las de los coches que pasan anónimos. Ivan Locke (Tom Hardy) es un hombre exitoso cuya vida cambia en una noche en la que el mundo se reduce al espacio del vehículo en el que viaja hacia el lugar donde piensa que debe estar. Los demás solo son voces que le llegan a través del teléfono. En esas conversaciones que no cesan vemos como se va deshaciendo el presente y construyendo un turbulento futuro. El pasado es cosa de la conversación que a solas Ivan mantiene con el difunto padre que imagina y al que reprocha precisamente que nunca estuvo donde tuvo que estar.

Locke es una de las más sorprendentes películas que he visto hace tiempo. Es una apuesta arriesgada porque su fuerza se concentra solo en un rostro, en los matices de una mirada (es magistral la interpretación de Hardy) y en la diversidad de voces mientras las que se construyen no solo el resto de personajes sino las diferentes tramas de la vida del protagonista.

Ese coche, al que seguimos en tiempo real a través de una carretera que llega hasta Londres, se convierte en la metáfora de la cárcel en la que se encuentra un hombre obsesionado por el desempeño, volcado en su trabajo - algo que le reprocha su mujer, cansada de limpiar sus huellas en la cocina - y en la responsabilidad que supone para él no fallar. Un hombre que al mismo tiempo tiene un elevado sentido del honor, de lo que él entiende por honestidad y que intenta mantenerse siempre fiel al papel que se espera de él. El hombre que intenta por encima de todo ser un buen trabajador, un buen marido, un buen padre. Pero que en esa noche de viaje no tiene más remedio que admitir que también él está lleno de flaquezas y que la vida no puede controlarse como si fuera una de esas máquinas que él maneja en su trabajo de capataz de obra.

Ivan es un hombre que de repente se ve obligado a decir lo que ha callado, el que tiene que
enfrentarse a sus emociones y distinguirlas de lo que no es más que cumplimiento del deber. El que en apenas una horas se encuentra sin trabajo, sin matrimonio y sin un futuro claro al que agarrarse. El que descubre precisamente que el futuro no existe, que es una vulgar mentira como tantas veces trata de demostrarnos el presente.

Ivan emprende, aunque al principio no sea consciente del todo, su peculiar camino hacia la redención. Su viaje es un viaje por el reconocimiento ante el espejo de sus errores y debilidades, de sus imperfecciones y de los traumas que arrastra de la niñez. Es también una oportunidad para aclarar sus sentimientos y ser capaz de verbalizarlos. Como también es capaz de emocionarse con la voz de su hijo que le habla metido bajo el edredón, para que su madre no lo escuche, o con el sonido del llanto del que ha recién llegado a la vida. Ivan también llora, al fin llora, cuando tal vez debería haberlo hecho mucho antes.

Locke, que no podría existir sin todo lo que nos dice el rostro de Tom Hardy,  es al final un tratado sobre la necesidad que tenemos de ir dejando cosas por el camino y de ir estableciendo prioridades.  Sobre la redención de un hombre que debe aprender a improvisar respuestas y que debe arriesgarse a perder lo que creía inmutable.  La película de de Steven Knight es una mirada original y contundente sobre como muy especialmente los hombres estamos casi siempre atrapados entre lo que se espera de nosotros y lo que nos pide realmente el corazón. Sobre la imposibilidad de atar todos los cabos y sobre la necesidad de asumir que todo es voluble, cambiante, líquido, inestable. Y que hemos de aprender obligatoriamente a nadar, o a conducir, para que incluso en la más oscura noche tengamos la posibilidad de llegar a nuestro destino. El que muchas veces hemos de elegir en contra de la línea recta que un día pensamos que era nuestra vida.

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