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LA JAULA DE MURIELLE

À PERDRE LA RAISON, Joachim Lafosse, 2012



Perder la razón nos cuenta la historia de una mujer atrapada en un mundo de hombres. La joven Murielle - impresionante Emilie Dequenne - se casa con un chico de origen marroquí que fue adoptado por un médico belga. Lo que inicialmente se plantea como una romántica historia de amor se va transformando paulatinamente en un drama, a medida que la protagonista se hunde en un espacio vital que tiene que compartir no sólo con su marido sino también con el médico protector.  Convertida en una fiel esposa y madre, Murielle va progresivamente asfixiándose en un entorno que le niega autonomía y que la somete a las directrices del patriarca. Se siente inicialmente feliz y llena cuando llega la primera hija, pero luego cuando lo hace la segunda, y luego dos más, empieza a perder el rumbo y a sentir eso que desde el feminismo tan acertadamente se llamó "el mal que no tiene nombre".

Asistimos al deterioro físico y moral de una chica que se dejó llevar por el amor y que ve cómo el contrato le niega subjetividad y la convierte en mera servidora de los hombres que la protegen y de las hijas que debe cuidar. De manera pausada, sutil, sin estridencias, con una mirada que incluso podemos considerar muy próxima a la contundencia de Haneke, el director belga J. Lafosse nos va conduciendo por los senderos de un drama que crece día a día. Hasta llegar a un límite insospechado. Un límite que nos obliga a plantear un enorme dilema moral y que nos enfrenta a una de las situaciones más terribles que puede sufrir un ser humano.

PERDER LA RAZÓN, que empieza precisamente con una imagen que nos adelanta la tragedia final, nos cuenta la historia de una mujer que, como tantas, pierde el equilibrio emocional pero no porque padezca una enfermedad sino como consecuencia de un contexto patriarcal que la anula y que le rompe las alas.

PERDER LA RAZÓN encierra una tremenda y durísima reflexión sobre la definición de la mujer como madre, sobre los límites del amor que genera la maternidad y sobre los deberes que acaba implicando para muchas cumplir las expectativas que se esperan de ellas.

Además de por el trágico final que, insisto, nos coloca frente a uno de los mayores dilemas morales que cualquier padre o madre podría plantearse, la historia se resume cinematográficamente hablando en una bellísima escena en la que Murielle, conduciendo, en un largo plano fijo, escucha una canción que habla de la complejidad de las mujeres. Poco a poco las lágrimas empiezan a escapársele y acaba sumida en un llanto que nos muestra la jaula que está encerrada. Ese llanto es el de otras muchas mujeres. Es el llanto de la violencia sufrida y callada.  La que se muestra en una bofetada pero también en otros muchos comportamientos y actitudes que, como en el caso de Murielle, asfixian progresivamente a las mujeres que un día creyeron que el amor, y tras él la maternidad, podría salvarlas. El que surge como consecuencia de los excesos que la "razón patriarcal" ha provocado y sigue provocando en el cuerpo y en el alma de las que fueron siempre la parte débil del contrato.


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