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HISAE, JUANA, RITA

Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 17-6-2013

El pasado miércoles en el Salón de Actos de Filosofía y Letras muchos sudamos a la espera de encontrar  alguna respuesta frente al desierto que nos invade. Con el ambicioso reclamo de las utopías, supongo que la mayoría esperábamos encontrar de la mano de Julio Anguita, García Montero y Jesús Quintero un referente ético. Sin entrar en lo etéreo de todo lo que allí se dijo, lo cual fue una demostración más de que izquierda hace tiempo que dimitió del hacer, sí que me llamó la atención el tufillo machista que desprendió todo el acto. Junto a las tres estrellas, hubo tres intervenciones más, todas ellas de voces masculinas. Además, Quintero enumeró un largo listado de personalidades andaluzas en las que no figuraba ninguna mujer. Eso sí, en la esquina de la mesa que presidía el escenario una chica envuelta en una sábana, supongo que representando a la utopía, estuvo un buen rato haciendo de objeto y con la boca callada, como las quería Santo Tomás. Solo faltó que el ventilador que había en el escenario se lo hubieran acercado a la sábana y se hubiera convertido en una especie de Marilyn posmachista.
No sé si el coordinador del libro que se presentaba, o alguno de los que en él participan, ha caído en la cuenta de que utopía es un sustantivo femenino. Lo cual, como en la mayoría de las ocasiones sucede, no es un mero capricho del lenguaje. Soy de los que opinan que buena parte de los interrogantes que ahora mismo tenemos planteados podrían empezar a contestarse si modificáramos los esquemas patriarcales que durante siglos han dominado la política, la economía o los saberes. La más profunda revolución que todavía tienen por concluir las democracias tiene que ver con la remoción de unos patrones que históricamente han legitimado no solo el poder de los varones sino también unas determinadas formas de gestionar lo público y de entender lo común. De ahí que la mayor utopía todavía hoy tenga que ver con la construcción de un modelo diverso de relaciones sociales, de armonización entre lo público y lo privado, de aprovechamiento de los recursos naturales o de resolución de los conflictos. Todo ello en estrecha relación con la lógica de la sostenibilidad de la vida de la que tanto saben las mujeres y de la que por cierto ni Anguita ni García Montero, tan sabios, dijeron nada.
La antítesis de lo que para mí significó dicho acto se halla en el homenaje que en Casa Góngora podemos contemplar a tres mujeres que llevan décadas creando y luchando por superar los barrotes de las idénticas. Rita Rutkowski, Juana Castro e Hisae Yanase, tan iguales desde sus diferencias, son un lujo para esta ciudad tan poco dada a reconocer las voces que no se ajustan a los patrones y que es tan poco generosa con quienes mantienen un discurso en el que ética y estética son las dos caras de la misma moneda. La Rita con la que he coincidido en sesiones de cine a horas imposibles, la Juana con la que comparto luchas y palabras, la Hisae a la que solo conozco por sus metáforas serenas pero contundentes, son tres ejemplos de cómo deberíamos entender la utopía que nos eleve por encima del fango. Son tres mujeres creadoras y rebeldes, pacíficas constructoras de mundos alternativos, vitalistamente comprometidas con la cultura entendida no como show subvencionado sino como espacio de diálogos. Por ello, su merecido homenaje no debería ser entendido como el fin de un camino sino, al contrario, como principio de una revolución que le quite la sábana a la utopía, la baje del escenario y la convierta en una herramienta similar a las que Hisae, Juana y Rita, tan frescas que diría Anna Freixas, usan para mirar con ojos intrépidos la distancia que sigue existiendo entre la realidad que sufrimos y el paraíso que soñamos.

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