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REINA DE LAS FIESTAS: LA MUJER COSIFICADA

Esta noche, siguiendo la tradición que nació en los años florecientes del franquismo, en mi pueblo, y como sucede en otros muchos pueblos de Andalucía, se proclaman la Reina de las Fiestas y sus Damas de Honor. Siete jóvenes mujeres que se convierten, durante una semana, en representación de "la belleza de la mujer egabrense"; en objetos que son paseados, admirados y por supuesto también criticados;  en floreros con los que adornar cualquier acto festivo, desde un saque de honor en un partido de fútbol hasta lucir mantilla detrás de la patrona.

Lo más lamentable del mantenimiento de esta tradición no es sólo que no haya habido ninguna corporación municipal, ni siquiera las que se decían comprometidas con la igualdad de género, con la valentía necesaria para acabar con ella, sino que haya todavía chicas que asuman contentas este papel y no recapaciten sobre la discriminación que supone esta "cosificación".  Esta noche, vestidas  de princesas de pueblo, como si Belén Esteban haciendo de dama de honor en una boda, volverán a demostrarnos que, como bien explica Natasha Walters en su libro Muñecas vivientes, en nuestras sociedades siguen existiendo en la sexualización de las mujeres, en su reducción a meros objetos, en el uso de cuerpo y de su belleza como canon y como objeto de compraventa. 

Esta noche veremos a las siete bellas sonreír y hasta emocionarse. No escucharemos su voz, ni nos importará si son listas, inteligentes, emprendedoras o jóvenes luchadoras. Como mises absurdas de un concurso de belleza, a la Reina le pondrán su corona y a las damas las bandas que certifican su lugar en estas fiestas de septiembre.

Afortunadamente este año, y tras asistir a este acto absurdo que se repite septiembre tras septiembre, tendremos la oportunidad de escuchar a una mujer como pregonera que, según me cuentan, es una mujer brillante, inteligente, lúcida y con una carrera profesional a sus espaldas pese a su juventud. Ella sí hablará y podrá demostrar que lo importante no es su cuerpo sino su cabeza. Algo que ni la reina ni sus damas podrán demostrarnos mientras sujetan incómodas los ramos de flores con los que confirmarán su rol de floreros en una sociedad que se resiste todavía a creer en la igualdad real de hombres y mujeres.


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