Mirarme en Cádiz es lo más parecido a arrancarme la piel a tiras y dejar que las vísceras hablen por sí solas. Hacer un ejercicio de memoria con el que domesticar la melancolía. Aprender que la vida se alimenta de pequeñas sacudidas. De esos pequeños terremotos, casi imperceptibles, que nos descolocan las piezas y hacen que, al despertar, tengamos la sensación de haber dormido en otra cama.
Mirarme en Cádiz es reconciliarme con lo que un día fui, con las manos que me cuidaron y me arroparon, con la ternura que solo cabe en un guiso materno y, por qué no, en el orgullo viril de un padre que antes lloraba más con las películas que con la vida.
Mirarme en Cádiz es sentir, como si fuera la primera arena en la piel de un recién nacido, el latido impagable de las mareas. Las costumbres del sol y las mudanzas de la luna. El niño que ya no está, el adolescente que es, la ola que siempre me pilla desprevenido, un olor imposible a papilla de frutas, pescaíto frito y café.
Mirarme en Cádiz es apr…
Me encontré con la ‘pieza’ hace unos días en el informativo de una cadena nacional (Telecinco o Antena 3, no lo recuerdo ahora; supongo que lo emitirían todas —por cierto, en horario de protección infantil…—) y aunque los largos años de trabajo en la materia ya me tienen bastante curado de espantos de ese tipo, la verdad es que me agrió el almuerzo. Desesperante. Y lo peor, observar la cantidad de críos que había observando aquello (y disfrutando del ‘evento’ con toda naturalidad), garantizando la perpetuidad de la barbarie en su entorno. Cuánto queda por trabajar…
ResponderEliminarUn fuerte abrazo y hasta pronto.
Parece mentira que en nombre de la religión y las "costumbres", se sigan cometiendo éste tipo de atrocidades. Mujeres, hombres, niños, homosexuales, personas con malformaciones... cualquier "excusa" es buena en nombre de "Dios", "Alá", "Mahoma" o cualquier ser superior.... Triste, penoso, descorazonador, verguenza de pertenecer a la condición humana
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