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27/09/2010
Rocío, ¡ay mi Rocío!
27/09/2010 OCTAVIO Salazar Benítez
Deberíamos hacer una lista con los nombres de todas las mujeres asesinadas por hombres en los últimos años. Esa lista debería acompañarnos como una plegaria que hiciera posible la memoria e individualizara el dolor.
Las mujeres muertas corren el riesgo de ser tratadas como idénticas y no como iguales, cuando todas ellas, y también las que están muertas en vida, merecen tener un lugar propio en la rabia que debería reconcomer nuestro alma de demócratas. Esos nombres, a los que acaba de sumarse el de Rocío, deberían ser el recordatorio hiriente de nuestros errores y de todo lo que nos queda por transformar en una sociedad en la que todavía dan zarpazos las fauces del patriarca.
El nombre de cada una de las mujeres asesinadas nos recuerda que bajo la sangre derramada siguen habitando los puñales de un modelo político, jurídico y sobre todo cultural, que se resiste a desaparecer. Bastaría con asumir esa punzante verdad para enfocar de manera más certera unas políticas insuficientes y que incluso en ocasiones son excesivamente deudoras de un cierto "feminismo de Estado".
Si a pesar de todas las medidas judiciales, policiales y asistenciales adoptadas en la última década, la violencia de género continúa segando vidas, deberíamos empezar a plantearnos que tal vez nuestra reacción no está siendo la acertada o que, cuando menos, es insuficiente. Porque quizás estamos podando el árbol pero no arrancando sus raíces.
Para empezar, creo que nos equivocamos al contemplar la violencia de género desde un cierto victimismo sentimentaloide, ese que tanto le gusta a los medios de comunicación, y la desvinculamos de sus causas profundas.
De esta manera potenciamos una visión paternalista del Estado, mantenemos una concepción del patriarca como restaurador del orden y silenciamos la fuerza transformadora de las mujeres. Claro que son necesarias, e inevitables, las lágrimas, los gritos, las concentraciones, pero también sucede que esa explosión cívica corre el riesgo de anestesiarnos y de hacernos progresivamente indiferentes ante el dolor. Todo ello por no hablar de los que la utilizan como estrategia política y de lo facilona que resulta la adhesión de quienes aún no han asumido de que es imposible ser demócrata y no ser feminista.
Pero, más importante aún, es asumir que el origen de la violencia se halla en la desigualdad y que ésta hunde sus raíces en una determinada concepción de la masculinidad en la que lamentablemente seguimos educando, con leves matices, a nuestros niños y adolescentes. El gran reto es "deconstruir" unos códigos culturales que nos obligan a ser machos y a demostrar permanentemente que lo somos.
Por ello, las políticas de igualdad deberían incidir en todas las instancias socializadoras --sistema educativo, medios de comunicación, publicidad-- para promover una transformación de la masculinidad hegemónica que nos sigue imponiendo unos determinados valores y que nos sigue educando en la "pedagogía del privilegio". Una revisión que debería empezar por que los hombres descubriéramos que también nosotros tenemos género.
Mientras que los poderes públicos y la sociedad no entiendan que la democracia paritaria implica nuevos hombres, y también menos mujeres cómplices del patriarcado, y una nueva manera de entender el pacto social, las muertes seguirán produciéndose. Las visibles y las invisibles, las que ocupan portadas y las que permanecen mudas en las habitaciones.
Mientras que se nos siga educando para ser los reyes, los guerreros, los magos o los amantes, seguirán sumándose nombres a la lista que hoy repito como una oración. Como sin con ella invocara a una diosa imposible que convirtiera a Rocío en la última víctima, en el último "manojito de claveles, capullito florecío", carne de copla que mata y cárcel que resta vida a las que solo pueden ver la luna detrás de sus cancelas.
* Profesor de Derecho Constitucional de la UCO 
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