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VICTORIA DE LOS ÁNGELES. Todo parecía tan sencillo.


"Ya que sabe leer y escribir, puede hablar de sí misma. No necesita las voces ni las palabras de nadie. Tampoco necesita que le creen un personaje. La protagonista es ella misma”
Agustín GÓMEZ ARCOS, Ana no


Nuestra memoria es muy caprichosa. Nunca entenderé por qué hay recuerdos que nunca se borran, y que incluso aparecen insistentes cada cierto tiempo, y otros que acaban diluidos en ese magma con frecuencia oscuro que es el pasado. Yo, que fui un niño raro y un adolescente más rato todavía, conservo solo fragmentos de aquellos años en los que este país estaba en plena transición y en los que en mi pueblo se vivía aún un orden de género que entonces parecía de hierro. Como buen niño disidente, aunque entonces desconociera esa palabra, siempre busqué refugio en el arte, en todo aquello que me ofrecía una belleza que en mis días me costaba encontrar y ya entonces, aún sin ser consciente del todo, empecé a tener la intuición de que había muchos silencios y secretos en un mundo - el de mi madre, el de mis abuelas, el de mis tías - que no estaba en los libros de texto que estudiaba en la escuela. Tardaría mucho años en encontrar los argumentos de la desigualdad y por supuesto de mi rebeldía. Entre las escenas que con frecuencia me han venido a la cabeza en años recientes, y que me remiten a una infancia estricta y vigilante, hay una que tiene que ver con uno de mis primeros viajes. No recuerdo la edad que tenía. Estaba todavía en el colegio, así que en todo caso tenía menos de 13 años. Recuerdo que hicimos una excursión a Granada, una ciudad que entonces me parecía tan lejana como Nueva York.  Como no podía ser de otra manera, visitamos la Alhambra y el Generalife, de los que tengo un recuerdo, de entonces, como una de esas fotos con los colores gastados por el tiempo. Nunca he olvidado cómo cuando estábamos paseando por los jardines del Generalife vi unas cámaras de televisión y escuché una música que se repetía, se paraba y se volvía a escuchar. Yo entonces no fui capaz de identificar la celebérrima "De España vengo" de la zarzuela "El niño judío", como tampoco a la mujer que la estaba reproduciendo, en play back, vestida de manera majestuosa, con un vestido hasta los pies que yo siempre he recordado como una túnica elegantísima, con el pelo perfectamente peinado y no excesivamente alta. Yo, claro, no reconocí a Victoria de los Ángeles,  y creo que fueron mis padres - mi padre era maestro en mi colegio y por eso estaban allí los dos - los que dijeron quién era aquella mujer que a mí me había parecido como de otro mundo. Una estrella. Alguien se informó de que era una grabación para un programa de televisión llamado "300 millones". No recuerdo sin embargo haber visto el programa, o al menos mi memoria juguetona se quedó con esa grabación, con la repetición de las tomas y con una mujer de voz poderosa y figura frágil que allí, en el Generalife, parecía como sacada de un cuento de Washington Irving. 

He vuelto a recordar esa imagen al leer la biografía que sobre Victoria ha escrito el periodista y crítico musical Pep Gorgori con el título Todo parecía tan sencillo. Gracias a él,  y a todo lo que con anterioridad de la publicación me había contado de ella, y que tuve además la suerte de disfrutar en la maravillosa exposición que comisarió el año pasado en Barcelona dedicada a la amistad entre la soprano y la pianista Alicia de Larrocha, he acabado teniendo el retrato perfecto de una mujer que es, a su vez, el retrato de tantas mujeres de su generación. De una generación en que, no lo olvidemos, el Derecho de este país las consideraba como unas menores de edad. Más allá de toda la recopilación exquisita de datos y documentación de su trayectoria artística que realiza el autor, y que evidencia no solo un trabajo de hormiguita sino también su pasión por el personaje y por su mundo, lo que más me ha interesado, en cuanto absoluto ignorante del bel canto y en general de eso que identificamos con la música clásica, es cómo Gorgori desvela todas las sujeciones que Victoria tuvo que soportar en un contexto hecho a medida nuestra pero no de las mujeres. Cómo pese a sus triunfos indiscutibles, a su carrera internacional admirable y a todos los reconocimientos que recibió en vida, tuvo que enfrentarse, entre otras cosas, a un matrimonio en el que se sucedieron realidades que con la mirada de hoy podríamos calificar como violencias y de qué forma esas encrucijadas, entre lo personal y lo social, acabaron llevándola a un estado de postración en un momento en el que, a diferencia de ahora, ni se hablaba de "salud mental". Y mucho menos en el caso de las mujeres, tan esclavas del histerismo misógino y de una negación, de entrada, de su capacidad para ser dueñas de su propio relato. En este sentido, algunos episodios del libro bien podría ser objeto de un documental en el que, más allá de un ejercicio de memoria, sirvieran para hablarnos en clave de presente de un pasado que vivieron nuestras madres y abuelas.

A través de unos capítulos que el autor titula de manera muy acertada con versos de canciones y arias que fueron relevantes en su trayectoria, vamos conociendo la intrahistoria del personaje, los pliegues nunca hechos públicos, las miserias y las sombras, insisto, de un contexto en el que las mujeres, como en tantos otros, tenían que ser amazonas aunque el sistema las configurara como divas. Y, claro, no todas podían llegar a serlo ni resultar victoriosas en batallas que les exigían ser superheroínas. Todo ese relato, que es el tronco de  esta biografía, nos reconduce necesariamente a los dolores y dilemas de la Victoria madre, de la hija que siempre fue consciente de los orígenes humildes de su familia, de la esposa abnegada en nombre del amor, de la obligada incluso en algún momento a repartir reconocimientos en un plural que de alguna manera la ninguneaba. 

La lectura de este libro, que recomiendo hacer con la banda sonora que Gorgori va hilvanando capítulo tras capítulo, nos cuenta pues no solo la vida de Victoria de los Ángeles sino también de alguna manera la de nuestro país. El reverso de la historia oficial, siempre en masculino, y la trastienda de los escenarios en los que la catalana se alzaba con una voz que siempre estuvo entre la tristeza, la fragilidad y la potencia. Quizás la suma de factores que inevitablemente generan belleza. 

Toda la intensidad, por momentos dramática, que atraviesa la biografía de Victoria hubiera necesitado de una voz que la encarnase, a través de las páginas, con la fortaleza de quien habla y cuenta desde su inevitable subjetividad. Una posición que solo se entrevé en el libro en algunos momentos, sin duda en el principio y en el hermoso epílogo, y que nos revela, tal vez, que el crítico musical todavía anda a la búsqueda del autor que vive en él. Ese Pep Gorgori del que espero que continúe escribiendo y que lo haga, al fin, dejando que las páginas en blanco atraviesen su cuerpo y su alma. Como un San Sebastián asaetado por la belleza y el temblor de las palabras. Sus lectores lo agradecerán y quienes lo queremos y admiramos, como es mi caso, celebraremos con él cómo lo personal es poético y político a la vez

 


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