Cuando las compañeras feministas reivindican la necesidad de que haya más mujeres contando historias en la gran pantalla, no solo lo hacen por una simple cuestión de justicia numérica, que también, sino que en esa vindicación late la búsqueda de otros relatos, la iluminación de esas partes de la realidad que nuestra mirada androcéntrica nunca ha querido ver, el protagonismo de quienes han ocupado siempre un lugar accesorio y secundario en narraciones hechas a imagen y semejanza de los héroes masculinos. Porque solo mujeres, comprometidas además con la construcción de un mundo en el que finalmente acabemos con los binomios jerárquicos del patriarcado, pueden contar una historia como La boda de Rosa. Solo ellas, desde la experiencia vivida en carne propia y desde la conciencia de ser sujetos en lucha contra unas estructuras empeñadas en reducirlas a objetos, entienden a la perfección y así puede contárnoslo qué significa “ser para otros” y vivir una subjetividad heterodesignada, en la qu...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez