Fui de esos niños a los que le tocó sufrir los últimos coletazos de una educación franquista en la que nosotros hacíamos gimnasia separados de las niñas. Tuve además la mala fortuna de tener en Bachillerato un profesor que hizo todo lo posible para que odiara el deporte y sus alrededores. Vivía los días que tenía clase con él como un auténtico martirio. Desde que amanecía no podía quitarme de la cabeza ese rato de por la tarde en el que me sentiría humillado ante mis compañeros y en el que una vez más me sería imposible demostrar que yo estaba en el buen camino. Es decir, que me iba a convertir en un hombre de verdad y que lo demostraba con mi fortaleza física, con mi cuerpo musculado y con un afán competitivo que me llevaría a entender la vida como una carrera en la que siempre habría un cronómetro midiendo tiempo y velocidad. Nada de eso podía demostrar un adolescente como yo que era rellenito, empollón y demasiado sensible, sobre todo si me comparaba con unos colegas de fratría ...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez