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TIEMPO DESPUÉS: Las afueras según Cuerda

Hace tiempo que la comedia española parece prisionera de un bucle en el que se repiten esquemas, actores y actrices que son más o menos garantía de un cierto éxito en taquilla, y en el que los guiones abusan de la brocha borda y carecen del ingenio del que hicieron gala hace décadas los grandes maestros de nuestro cine. Como espectador siempre voraz, estoy realmente harto de tópicos, lugares comunes y chistes que parecen anclados en la época del destape. Nada de lo que veo en la pantalla grande, capitaneado por los Dani Rovira y compañía, me provoca una carcajada. Seguramente porque siempre he entendido que el humor, el de verdad, es más cuestión de inteligencia que de vísceras.

Por ello me sentido tan feliz al empezar mi año cinematográfico viendo la última joya de José Luis Cuerda. Debo confesar que soy de los devotos absolutos de Amanece que no es poco, la cual me parece una de las películas más raras, necesarias y divertidas del "mundo mundial". Uno de esos retratos lúcidos que retratan a la perfección nuestras miserias, en la línea del mejor esperpento, de los glorisosos Azcona y Berlanga, de esa habilidad inteligente para reírnos de nosotros mismos que en tiempos de twiter parece condenada a sus horas más bajas. Esperaba pues con verdadera ansia la nueva obra de José Luis Cuerda, convertido por cierto en un mago de los 140 caracteres. Tiempo después no ha defraudado mis expectativas. Al contrario, me ha reconciliado con nuestro cine, me he sentido tratado como un espectador inteligente y, además de provocarme muchas sonrisas y risas, me ha obligado a cuestionarme en qué mundo vivimos y de qué  manera yo soy una pieza más del engranaje. 

Cuerda no deja títere con cabeza y le da un repaso impagable a una buena parte de las heridas de una realidad que, domesticados por la paralela en la que parece que vivimos, nos resistimos a ver. El capitalismo salvaje, la religión, la monarquía, la lucha de clases, las imperfectas democracias, la juventud indolente, las guerras y las revoluciones, todo, absolutamente todo, pasa por el tamiz de un guión que, lejos de ser disparatado,  no deja de lanzarnos verdades como  puños. Entre otras, y tal vez la más contundente, la injusta desigualdad que el mundo que habitamos, la división entre quienes están dentro y quiénes están fuera, las artimañas de los sistemas de poder para mantener sometidos a quienes son clave, desde su sometimiento, para prorrogar los privilegios de quienes tienen el poder. En este sentido, la película no es sino un tratado muy realista sobre las afueras que habitan dentro de nuestro mundo.  Y hasta una puesta en imágenes, muy mediterránea, de la crisis del paradigma constitucional, usando la terminología del jurista italiano Luigi Ferrajoli, que cada día pone en cuestión que la Justicia, esa mujer ciega que administran los hombres, proteja de manera efectiva a los más débiles. 

Con unos actores ajustados de manera perfecta a sus personajes, y con unas escasas actrices que se limitan a dar el tipo en una película en la que, por cierto, se presta escasa atención al machismo como cultura de dominación y cuyos personajes femeninos no solo son pocos sino también muy estereotipados, Tiempo después merecería ser de visionado obligatorio en institutos y facultades. Porque se trata de una auténtica lección sobre las múltiples crisis que habitamos, sobre los conflictos entre ideales y prácticas, sobre las mentiras que nos fabricamos para sobrevivir. Una clase muy divertida y honda de teoría política e incluso de filosofía, que ya quisiera Merlí haber siquiera imaginado. Y todo ello, al más puro estilo Cuerda, contado como si fuera una disparata comedia surrealista y rural, cuando realmente nos está hablando de cosas muy serias y, muy especialmente, de quienes parece que viviéramos anestesiados en el sueño urbano - e ilusamente eterno - del progreso. 

Tiempo después es, por tanto, una magnífica oportunidad para reconciliarnos con el cine como espejo que nos devuelve la imagen cruel, y a veces brutal, de nuestras carencias y excesos. Todo ello con la mirada guasona e intrépida de quien ya, a estas alturas, no está condicionado por la exigencia de ser políticamente correcto. Un hombre, José Luis Cuerda, que me parece mucho mejor director cuando me hace reír que cuando pretende emocionarme. Un tipo de esos que, en este país de tanta mediocridad pública y de tanta bondad cobarde, habría que inventar si no existiera. Y todo ello a pesar de que en la Academia de cine han pensado que una obra de este calibre no merece ningún premio en la próxima ceremonia de los Goya. La ceguera, que diría Cuerda, es hoy día una realidad ontológica.

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