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LA HISTORIA DE LUNA QUE TENDRÁ DOS MADRES

Luna está creciendo desde hace nueve meses en el vientre de su madre italiana. Cada día que pasa encuentra menos espacio y ya no sabe bien como nadar en ese pequeño mar donde empezó siendo apenas un pez diminuto. En apenas quince días abrirán las compuertas y ella le pondrá cara al fin a las dos mujeres que lleva meses escuchando hablarle. Una en italiano y otra en español. Luna, que así se llamará la niña que podría ser un personaje escapado de una novela de García Márquez, llegará a un mundo que, pese a todas sus complejidades, continúa siendo esplendoroso. Mucho más si se tiene la oportunidad, como la tendrá ella, de crecer contemplando muy de cerca la serenidad del Arno, los colores de la Toscana y el arte que habita hasta en las plazas más escondidas de Florencia.

Luna empezará a ir a la escuela y tal vez, en este país que continúa siendo tan conservador y que mira tanto al Vaticano, no sentirá sobre sus hombros las miradas raras de los niños y de las niñas que observarán como son dos madres las que van a recogerla. Seguramente los ojos de esos compañerosy compañeras serán más limpios que los de unos padres y unas madres tan acostumbrados a entender que la heterosexualidad es la norma. Seguramente un día, cuando Luna tenga posibilidad de entenderlo, su madre colombiana le contará por qué y cuándo tuvo que abandonar Medellín, y le dibujará en un cuaderno las bellezas de un país en el que las estrellas parecen brillar más fuerte que en cualquier otro sitio. Así comprenderá donde están una parte de sus raíces, porque el amor de la madre que no la parió es razón más que suficiente para construir el tronco de afectos y cuidados que supone la maternidad. También le contará como tuvo que dejar los estudios de Derecho y como pasado el tiempo los retomaría en Italia, el país donde conoció a la mujer con la que construyó un proyecto de vida conjunta. Una comunidad de presentes y expectativas. En fin, una familia. Por más que el Código civil italiano se resista a conocerla como tal.

Luna comprenderá, y supongo que incluso con más facilidad que cualquier otra niña, el porqué del viaje de sus madres a España, donde la que le dió a luz fue fecundada. Se sentirá supongo que indignada cuando le expliquen las dificultades que su otra madre, la que llegó del país de las selvas, tendrá para que el Derecho le reconozca los derechos y responsabilidades sobre ella. Como a cualquier otra madre u otro padre. En condiciones de igualdad. Luna empezará a explicarse lo complicado que sigue siendo en este mundo hacer real eso de que ser iguales no es otra que cosa que tener la posibilidad de ser diferentes.

La niña que nacerá en Mayo no necesitará de papeles ni documentos para ser consciente de la gran suerte que ha tenido con las dos madres que la trajeron al mundo. En un acto supremo de generosidad y amor. Las madres que le cantarán canciones, una en italiano, otra en español. La madre que le cocinará los primeros purés con verduras de los campos de la Toscana y la que, entre folio y folio de la tesis, le contará las cuentos que a ella le contaron sus abuelas. 

Quizás yo vuelva a España antes de que Luna abra los ojos a la primavera florentina. Pero espero volver algún día y encontrarme con ella. Y decirle que un primer domingo de mayo fue ella la que me proporcionó motivos para celebrar el día de las madres. De todas las madres. También de las que como las suyas no son reconocidas como tales por unas leyes que, de esta manera, continúan siendo tan injustas como quienes consideran que solo un contrato heterosexual puede crear una familia.

Ese día espero hacerme una fotografía con ella y con sus madres, dos mujeres cuyos nombres, ambos, empiezan por A. Así quienes lean mi blog comprobarán que esta historia no es fruto de mi imaginación sino simple narración de lo que en una tutoría tuve la suerte que me contara una de las madres de Luna. La aplicada estudiante de Derecho en la que volví a descubrir, mirándola a los ojos, que los derechos no son otra cosa que luchas permanentes por la dignidad. Habrá pues que seguir luchando. Se lo debemos a Luna.


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