"Sin ti soy bien poca cosa, mi valor lo determina el amor que me tengas y existo para los demás en la medida en que tú me quieras. Si dejas de hacerlo, ni yo ni los demás podremos quererme".

Angelina, a quien Diego llamaba Quiela, fue la primera esposa del pintor mexicano, una excelente pintora que quedó eclipsada por el genio de su marido. "Nunca he podido manifestarme en la forma en que tú lo haces, cada uno de tus ademanes es creativo; es nuevo, como si fueras un recién nacido, un hombre intocado, virginal, de una gran e inexplicable pureza".
Su relación, que Poniatowska nos muestra en este pequeño conjunto de cartas sin respuesta, fue tormentosa, violenta, tiránica incluso por parte de un Diego Rivera que actuó con ella de manera brutal. Un ser ególatra, machista y e iracundo que anuló el genio de la que prometía ser una de las grandes pintoras del siglo XX. Un ejemplo rotundo y feroz de lo que el "amor romántico" ha supuesto de negación y de derrota para las mujeres. El propio Rivera lo reconocería con cierta desfachatez: "Ella me dio todo lo que una mujer puede dar a un hombre. En cambio, recibió de mí todo el dolor en el corazón y la miseria que un hombre puede causarle a una mujer".
Angelina es un ejemplo más de las muchas mujeres que a lo largo de la historia, en nombre del amor entendido como opio (Marina Subirats dixit), han renunciado a su propia individualidad, han sacrificado su carrera y su proyecto vital. Mujeres que, como Angelina, habían tenido oportunidades para desarrollarse como seres autónomos y que posteriormente las sacrifican a pesar de haber sido conscientes de lo valioso de su autonomía: "Pertenecí a una de esas familias de la clase media que son la fuente del liberalismo y del radicalismo en Rusia y mis propios padres me obligaron a tener una profesión. Al igual que un hijo varón, tuve que prepararme, ejercer y saber trabajar.¡Qué sabios eran, porque al empujarme me estaban dando la clave de mi propia felicidad! El lograr mi independencia económica ha sido una de las fuentes de mayor satisfacción y me enorgullece haber sido una de las mujeres avanzadas de mi tiempo".
Mujeres que, como Angelina, dejan de ser ellas mismas, hasta pierden su nombre, para ser para los demás. Sumisas y entregadas incluso como cuando el hombre del que dependían las anulaba, las consideraba menores de edad e incluso las trataba con violencia. El hombre al que admiran, al que endiosan, al que necesitan cuidar a pesar de todo: "Llenabas todo el marco de la puerta con tu metro ochenta de altura, tu barba descuidada y ondulante, tu cara de hombre bueno y sobre todo tu ropa que parecía que iba a reventarse de un momento a otro, la ropa sucia y arrugada de un hombre que no tiene a una mujer que lo cuide".
Angelina escribe cartas que no reciben respuesta. Espera, siempre Penélope, y vive aferrada a un amor que fue. Hasta justifica el silencio de Diego e intenta rebelarse contra el olvido. "Hoy no quiero ser dulce, tranquila, decente, sumisa, comprensiva, resignada, las cualidades que siempre ponderan los amigos. Tampoco quiero ser maternal. Diego no es un niño grande, Diego solo es un hombre que no escribe porque no me quiere y me ha olvidado por completo".
La Angelina madre que lucha con un Diego que no quiere ser padre - "¿Cómo vamos a traer a un niño a este mundo inhumano? ¿Cómo puedo yo con mi pintura cambiar el mundo antes que él llegue? " -, la que sufre como una herida que no cicatriza la muerte del hijo - "¡Ah, el invierno de 1917! El niño murió. Tú y yo, en cambio, pudimos resistir todas las privaciones. Apollinaire murió un año más tarde. Ninguna vez te oí decir <<Apollinaire y mi hijo murieron de lo mismo; de la estupidez humana>>" -, la que acepta que ame a otras mujeres y la que se hunde en la pobreza y, aún así, espera que un día Diego la rescate y la lleve con él a México.
Querido Diego, te abraza Quiela es un relato breve, conciso, hondo sin embargo. El lenguaje transparente y luminoso de la Poniatowska nos lleva directamente al alma de Angelina, nos desvela el amargo perfil de Rivera y nos vuelve a dar una lección sobre como el amor puede convertirse en la razón de tantas miserias. En la sinrazón que quema las alas. En las cadenas de mujeres que como Angelina renunció a su nombre y soñó con convertirse en un apéndice del hombre al que amaba.
"No creo nunca haber interferido en tu independencia, Diego, nunca, ni siquiera en lo de Marievna, ya ves que cuando me lo dijiste lo acepté; siempre traté de facilitar tu vida para que pintaras a pesar de la pobreza. Incluso ahora, me conformaría con mezclar tus colores, limpiar tu paleta, tener los pinceles en perfecto estado, ser tu ayudante y no embarazarme".
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