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LA PELUQUERA QUE PEINA PALABRAS CONTRA EL MIEDO

Ayer vestía de negro y blanco, aunque suele hacerlo de negro. Dice sentirse cómoda con ese color,
segura y, además, reconoce con una sonrisa cómplice mediante la que parece huir de la justificación, es un color que pega con todo. Herta Müller, la niña que quería ser peluquera y que casaba vacas, la que creía que los muertos vagaban por el cielo y por eso temía cuando el viento hacía de las suyas con las nubes, parece estar siempre buscando un lugar seguro donde refugiarse. La mujer que escribe versos tal vez porque no cree en dios arrastra un vestido con una larga cola de terrores. Los que sufrió en la dictadura de Ceaucescu y que todavía le hacen temblar frente a los que, como Putin, intentan encadenar las libertades en nombre de un imperio.

Herta Müller, que ayer tarde nos regaló en Córdoba poemas en forma de collage y su mirada clara sobre la realidad y las palabras, es una poeta transfronteriza, poseedora de una lucidez a la que solo se llega tras la experiencia del dolor y de una libertad que solo pueden gozar quienes han pasado medio vida recordando versos para escapar de los grilletes. 

Hay en su leve figura, en sus ojos de niña inquieta, en sus zapatos planos de charol, y por supuesto negros, una fragilidad que nos advierte, que nos recuerda, que nos alerta y nos explica por qué busca hermosas palabras de colores en las revistas. Porque la Müller es una privilegiada que toca las palabras y las casa como quien oficia una boda al aire libre, sin códigos civiles ni biblias en el atril. 

Ella misma parece el recorte del libro de cuentos infantiles que nunca tuvo. La niña subida a un árbol para desde allí descubrir al insecto que vive en la torre de la iglesia. La joven que entendió que en una dictadura la poesía podía ser la mejor manera para autodeterminarse. La amante de los títulos largos y misteriosos.  La que sabe cuando la luna o la muerte son masculinas y por tanto cuando la traducción es un crimen.

Herta Müller, tras el discurso hueco de un político que cada día parece más su muñeco de cera, fue anoche la mejor lluvia en una ciudad "impregnada de vacío".  En la que con demasiada frecuencia la palabra absolutamente revolotea por las bocas de sus gentes. Herta se salvó y se salva cada día con los versos. Aquí deberíamos empezar a hacerlo.

Herta Müller, inauguración de Cosmopoética 2014, 27 de septiembre, Teatro Góngora (Córdoba)

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