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LA LEY DEL DESEO

El desconocido del lago
Alain Guirauidie, Francia, 2013


Vi hace dos días  la película que triunfó en el Festival de Cine de Sevilla, y que también recibió aplausos en Cannes, y a la que algunos han calificado como la "cara b" de "La vida de Adèle", y aún ando desconcertado. Aún no tengo claro si me gustó o no. En todo caso, y supongo que eso es lo mejor de una película, no me dejó indiferente. Y no lo hizo por el sexo gay explícito, que es tan infrecuente a salvo del cine porno, ni tampoco por el indudable atractivo de los dos protagonistas (aunque ambas cosas serían razones más que suficientes para verla). Me dejó tocado por la historia que cuenta y por como lo hace el director, por esa aparente fluidez y simpleza que no es tal, por ese gusto tan francés por una estética y una moral al mismo tiempo complejas y turbias. Creo que la película, que casi podría ser una obra de teatro, pone el foco, de manera brutal, sobre los límites del amor y del deseo, sobre esa maraña de instintos y emociones que a veces ni sabemos ni queremos controlar. Sin saber que tal vez en esa mezcla tan turbulenta reside la naturaleza última del ser que ama y que desea. Ese ser que, junto a la razón, tiene cuerpo y piel. Que es animal y  también naturaleza.

Porque somos seres deseantes. Queremos, ansiamos, necesitamos. Más que el amor creo que es el deseo el que mueve nuestras vidas. El deseo que nos hace potenciar los instintos puramente animales, el que también nos reconcilia a veces con la belleza, el motor que nos precipita en ocasiones al vacío. La fuerza que nos une al centro de la tierra y que nos convierte en seres únicos, intensos, racionalmente sensuales. Fuego y lágrimas. El deseo también como origen de frustraciones y como gatillo que dispara un arma. La muerte, la posesión, la ruina.  En ocasiones tratamos de disfrazarlo con sentimientos. Otras es la misma sociedad las que nos obliga a enmarcarlo en las clausulas de un contrato o en categorías que nos reconducen al orden. Porque el deseo es en sí desordenado, genera truenos y tempestades, es la máxima expresión de libertad. Y no es como el amor. Este puede en muchos casos tener la placidez de una conversación, como la que mantienen dos de los protagonistas de la película. Pero el deseo es siempre una fuerza que arrastra, que conmueve, que es capaz de arrancar los cimientos del edificio. Y que alcanza en un orgasmo la expresión última de esa comunión de cada uno de nosotros con la naturaleza en la que somos libres... el bosque, el lago, el silencio... Sin rastros de civilización, como en la película. Salvo ese policía que pregunta y que representa el orden establecido, y el helicóptero que son los ojos de la represión y la pena. 

El desconocido del lago es una película aparentemente serena, sin estridencias, pausada y hasta podría parecer amable. Sin embargo, está repleta de esos hilos inquietos y turbios de las pasiones últimas. Las que nacen entre el pecho y el vientre. Las que superan la "racionalidad" de los sentimientos y se adentran en los vericuetos de la piel. Tan cercanas por tanto a la muerte, a la aniquilación, al goce de morir algo en cada orgasmo y  luego recuperar la vida. Todo en esta película tiene en la superficie la placidez del lago pero en ella lo realmente importante son los infiernos que habitan en el bosque. 





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