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LA CONCORDIA IMPOSIBLE

Las fronteras indecisas
Diario Córdoba, 3-4-2014

El fallecimiento de Adolfo Suárez, y el espectáculo mediático generado por una sociedad al parecer necesitada de mitos que entre otras cosas hagan invisibles sus miserias, ha servido para poner al descubierto muchas de las sombras del orden político que desde más de 30 años se encarga de velar por nuestras libertades. De entrada, ha permitido poner de manifiesto como el cinismo se ha instalado en nuestra vida pública, lo cual ha sido fácilmente constatable al escuchar las alabanzas de quienes en su día se encargaron de acabar con la carrera política de Suárez. Me ha resultado especialmente bochornoso como buena parte de la izquierda que ayudó a cavar su tumba lanzaba estos días discursos que difícilmente escondían el verdadero rostro de unos representantes bien entrenados en hacer y decir lo contrario de lo que piensan. Los componentes de una clase política que, no me extraña, son percibidos por la ciudadanía como un problema y no como los artífices de las soluciones que reclamamos. Entre otras cosas porque la mayoría de ellos han perdido su credibilidad y se han convertido en una casta que genera desconfianza.
Como bien se han encargado de recordar los medios, cuando Suárez abandonó la Presidencia lo hizo con una valoración en las encuestas del CIS muy superior a la que hoy reciben la mayoría de nuestros gobernantes. Tan esclavos de la política entendida como una profesión y de unas maquinarias partidistas que se hallan casi absolutamente incapacitados para vislumbrar el interés general por encima de los que reclama su propio ombligo. Este es sin duda uno de los mayores fracasos de un proceso democrático por el que tanto luchó, claro que sí, Suárez, pero no solo él, también miles, millones de hombres y mujeres que hace tres décadas hicieron posible lo que parecía imposible. Ese es a su vez el mayor obstáculo que hoy encontramos para cerrar los capítulos abiertos de un sistema constitucional que pide a gritos una reforma. Este objetivo, me temo, continuará sin embargo décadas sin alcanzarse porque faltan los actores que deberían impulsarlo, los cuales se hallan dando vueltas alrededor del círculo vicioso de unas reglas que les benefician y que por tanto no se apresurarán a cambiar. Una situación que, sin embargo, no podrá mantenerse durante mucho tiempo porque problemas como el territorial demandan ya respuestas concretas. Porque, por ejemplo, no deberíamos olvidar que, como bien ha puesto de manifiesto la reciente sentencia del Tribunal Constitucional, puede que la cuestión catalana esté cerrada desde el punto de vista jurídico pero continúa abierta desde el político.
La muerte de Suárez debería servirnos, más allá de la liturgia colectiva televisada que parece que a muchos le ha supuesto una catarsis, para superar la visión extremadamente acrítica y benevolente que tenemos de la transición. Ello al tiempo que inauguramos una nueva época en la que ya no nos servirán las narraciones, los personajes y los paradigmas que hace casi 40 años sirvieron para romper, en algunos casos muy tímidamente, con el franquismo. Parece llegado el momento de desmitificar los procesos y poner al descubierto las carencias y los fallos, la mayoría de los cuales pueden explicarnos el origen de los problemas que hoy siguen aquejando al sistema.
Durante décadas toda una generación de españoles y españolas han vivido sobre la nube de un relato que, como todos los mitos, ha ofrecido las respuestas que la razón no podía o no se atrevía a dar, al tiempo que generaba un sentimiento de proyecto compartido y unos rituales identitarios. Hoy, sin embargo, cuando ya son varias las generaciones que no vivieron los 80, y que además están sufriendo las consecuencias de los cabos sueltos de entonces, es necesario cambiar métodos y palabras. Necesitamos generar otras ilusiones colectivas. De lo contrario, me temo, epitafios como el de Suárez serán imposibles en un futuro sin transiciones que recordar y sin dioses laicos a los que adorar.

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