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IMPACIENCIA

LAS FRONTERAS INDECISAS
Diario Córdoba, 6 de mayo de 2013



La paciencia es una virtud que corre el riesgo siempre de amarrarnos a la indolencia, de convertirnos en sujetos
sufrientes, en expectantes individuos que dejan escapar el presente esperando un futuro imperfecto. La paciencia se halla cerca de actitudes propias de la moral católica, tales como la resignación, el sentimiento de culpa y la esperanza en un paraíso al que solo accederán los que hayan sabido renunciar a los placeres terrenales. Desde un punto de vista cívico, la paciencia puede convertirse en el peor enemigo de una sociedad que demuestra su vitalidad con el permanente movimiento y con las conquistas que van llenando de contenido un concepto inicialmente tan etéreo como el de dignidad. Una ciudadanía democrática debería ser por definición inquieta, impaciente, comprometida y reivindicativa. Precisamente todo lo contrario a lo que se ha fomentado en los últimos tiempos, en los que los principales actores políticos y las inercias institucionales nos han ido convirtiendo en meros espectadores. Una tendencia que, sin embargo, la crisis política y ética que nos azota está empezando a transformar, sobre todo desde el momento en que el hambre pide socorro y el progreso que creíamos imparable se vuelve líquido y amenaza las conquistas que creíamos irreversibles.

Por todo ello, me ha parecido no solo inoportuna, sino sobre todo democráticamente impresentable, la apelación a nuestra paciencia realizada por Rajoy hace unos días. Que el presidente del Gobierno, que no deja de dar muestras de su incapacidad para liderar unas políticas que nos salven del naufragio, nos pida que seamos pacientes supone una auténtica bofetada a nuestra dignidad ciudadana. Además de una vergonzante actitud del que se supone máximo representante del interés general hacia aquellos y aquellas que están sufriendo de manera más dolorosa las consecuencias de la crisis. Pedirle paciencia a los desempleados, a los dependientes sin ayudas, a los jóvenes obligados a emigrar o a los funcionarios convertidos en chivos expiatorios es una muestra más de la mediocridad, y por qué no, de la caradura, de quienes nos gobiernan.
Al contrario, y ante una situación como la que estamos sufriendo, y sobre todo frente a unos representantes que en vez de garantizar nuestros derechos parecen empeñados en acercarnos cada día un poco más al abismo, los ciudadanos deberíamos dejar de ser pacientes. Deberíamos armarnos de rebeldía y compromiso cívico porque no deberíamos seguir sufriendo ni un minuto más un sistema que nos retrotrae a la posición de súbditos.
No es legítimo, ni éticamente aceptable, que el líder de un gobierno democrático no sea capaz de encontrar palabras más consoladoras ni de ofrecer un proyecto que permita vislumbrar con una cierta confianza el futuro. Ante manifestaciones tan lamentables como la de Rajoy, y ante en general la mediocre actuación de una clase política que parece no darse cuenta de que ella es parte principal del problema, a la ciudadanía no nos queda más opción que batallar por los derechos civiles, políticos y sociales sin los que es imposible una vida digna, y por la revisión de unas reglas del juego que benefician a una minoría de poderosos en detrimento de una mayoría que cada vez es más vulnerable. Nuestra paciencia señor Rajoy, pero también señor Rubalcaba y en general señores y señoras que representan la voluntad general, está llegando al límite. Porque estamos hartos de su manifiesta incapacidad, de la ausencia de alternativas, de su complicidad con la ley de la selva y de unos discursos que tienen solo la altura de sus ombligos. Este país no necesita paciencia, sino mejores gobernantes, más calidad democrática y, por supuesto, una ciudadanía rebelde y responsable. Desde la quietud a la que nos obliga la paciencia es difícilmente recuperable la dignidad perdida e imposible la promesa de un paraíso que, como bien saben los obispos que desean ser colegisladores, de momento sólo es posible desde la ceguera de la fe.

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