Como tantas veces y tan bien ha explicado Gustavo Martín Garzo, los cuentos tradicionalmente considerados infantiles encierran lecturas mucho más complejas. En ellos residen todas las debilidades, los vicios y las pasiones del ser humano. Y sobre todo en ellos es fácil encontrar siempre el rastro de la vulnerabilidad humana, el miedo, la angustia de vivir, la muerte como parte de la vida, la enfermedad y el desarraigo. Hay pues entre sus páginas mucha oscuridad, crueldad incluso, las agudas y punzantes aristas que nos condenan. Porque todos somos al fin como esas princesas que duermen esperando un galán que las despierte, o todos hemos sufrido una madrastra o padrastro que nos ha jodido la vida, o incluso hemos esperado que con una palabra mágica se abriera una puerta clausurada con mil cerrojos. De ahí que en buena medida la literatura, y otros espacios narrativos como el cine, no hacen sino recrear, extender y entretejer los laberintos ya presentes en esas piezas pequeñas, su...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez