Hay películas que te acompañan varios días, en un recorrido que hace que atraviesen tu cuerpo y se aposenten en esos huecos que la vida va provocando en nuestro esqueleto. De esta manera, son el bálsamo de un proceso sanador, de esos en los que el cine acaba siendo un abrazo. Algo así he sentido esta semana después de tener la fortuna de ver el primer largometraje de Javier Giner, y después de escucharlo, y de abrazarlo, al fin. He necesitado que pasen horas y horas para digerir todo lo que desde la pantalla me zarandeó y ahora, con calma, es cuando me siento capaz de escribir sobre Lorea y Leo.
Tras haberme removido las entrañas con su libro confesional Yo,
adicto, y multiplicar esa sacudida con su traducción a la pantalla en forma
de serie, en esta película el director bilbaíno hace una pirueta arriesgada con
la que, en el fondo, nos sigue hablando de
él mismo, pero también, y al mismo tiempo, de esas marejadas en que
consiste vivir. Esta soledad, cuyo título tiene un demostrativo que no
es pura casualidad, nos ubica en una geografía, urbana y emocional, que no es
sino la de este siglo puñetero de incertidumbres. Con una mirada de clase, en
la que Giner coge el testigo del mejor cine británico, seguimos el itinerario
en paralelo de dos personas que están viviendo un duelo, del que vamos descubriendo
que no es solo por el final de su historia de amor sino que tiene que ver con toda
una biografía de heridas y ausencias, de desfiladeros y precariedades. De esta
manera, el largometraje conecta con nuestras vidas, con las de muchos y muchas espectadoras
que seguramente están atrapados entre el dolor y rabia de tantas promesas
incumplidas, de tantas expectativas frustradas, de tan pocas posibilidades para
reconstruirse. De tantas teorías
aprendidas que no nos sirven para ser felices.
A través de muchas capas, tantas
como las que se nos ofrecen a través de quienes forman parte de las vidas de
los protagonistas, la película nos muestra ese vértigo que supone tomar decisiones
que con frecuencia nos llevan a lo alto de un acantilado. Como las de las
madres de Leo y Lorea que, respectivamente, representan dos tipos de ausencias:
una la que fue consecuencia de elegir la propia vida en vez de morir viviendo,
la otra de negarla. O como las que, sin ser libre, acaba tomando Irati que,
tras salir de la cárcel, continúa condenada a tropezar con las mismas piedras,
esas que rompen los tacones de las mujeres sin opciones.
Y en el centro, sin encontrarse,
Lorea y Leo, las dos cometas obligadas a volar en playas donde los pies se hunden
en arenas movedizas y a los que podríamos leer como una especie de hijos/nietos
de Lola Herrera y Natalia Dicenta. De la Función de noche a un despertar que no concluye del todo, como si
hubiera una maldición eterna: la de la sangre que brota de los corazones que tal
vez estén condenados a no saber amar. La
sed de infinitud luchando contra los barrotes de la jaula, que diría Carmen
Martín Gaite, tal y como valientemente Josefina Molina nos contó en esa
película que es la también la de Lorea y Leo.
De una parte, la sed de un hombre que, desde los márgenes, se busca con
una nariz de clown, que cuida a su padre enfermo con la ternura que no suelen
atesorar los machotes y que arrastra, como poco a poco iremos descubriendo, esa
mochila pesadísima en la que se desbordan los abrazos que no se dieron. De otra,
la de una mujer que, nacida en la orilla más confortable de la ría, busca y
busca la palabra precisa que borre al fin esa soledad que, incluso, la lleva a
convertirse en vampira. Dos seres precarios que viven en un Bilbao que, en una de
las decisiones más acertadas del director, es una ciudad que duele y que proyecta
luces agridulces, y que parece por momentos olerse como esa comida que recalentamos
en el microondas para callar las voces del estómago.
Solo dos actores con la potencia y
la verdad de Oriol Plà y Marina Salas, podrían haber dado cuerpo a esos seres pensados por un creador incómodo que se lanza
al vacío porque están ellos ahí para hacer de esa red que recoge los trozos de
muro y tejado que corren el riesgo de herir al respetable. Si el rostro de
Marina es como un mapa imposible de descifrar con las cartografías aprendidas,
el de Oriol, y todo su cuerpo, otra vez
el cuerpo de Oriol, es como una acequia en la que no deja de correr esa energía
casi eléctrica que hace que las aguas estancadas empiecen a hervir. Dos
fuerzas de la Naturaleza que vemos multiplicadas gracias a un extraordinario reparto
que los acompaña con similares potencias.
Si todo lo anterior pudiera llevarnos
a concluir que Esta soledad es una
película sórdida y áspera, como tanto advierte su creador, imagino que como
coraza para su corazoncito aniñado, nos equivocamos. Por supuesto que en ella
hay miserias y claroscuros, como en la vida misma, pero también es posible
descubrir en sus imágenes luz y belleza. La del cuerpo viejo y desnudo del
padre de Leo, la conquistada por el cuerpo no equivocado de un sereno Gabriel,
la del rostro vuelto a la adolescencia de Lorea, la de la sonrisa charlatana de
Leo. Aunque haya un cristal de por medio. Y un reloj, y una corbata. Y, claro, la savia, bilbaína pese a todo, de
los abrazos conquistados.

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