Ante la barbarie que nos rodea, cuesta mucho trabajo abrir la agenda de 2026 con una cierta confianza en el futuro. Con la ilusión necesaria para afrontar las cuestas empinadas con que a veces la vida nos sorprende. En este mundo de felicidad obligatoria, de deseos multiplicados por el mercado, de inmediatez hambrienta y de máscaras confeccionadas por la IA, nos resulta cada vez más complicado mirar más allá del presente. Nos hemos instalado en un aquí y ahora eternos en los que pareciera que nos sentimos a salvo de tantos miedos e incertidumbres. Cuando sentimos que todo o casi todo se resquebraja, que las incertidumbres nos acechan y que nos faltan agarraderas con las que escapar del naufragio, es fácil que salvadores espabilados y narcisistas pretendan convencernos, con sus discursos reactivos y emocionalmente facilones, de que no hay otro mundo posible que el que cabe en la nostalgia que ellos interpretan a su favor. De ahí el momento tan dramático que estamos viviendo en todo lo que tiene que ver con la garantía de los derechos humanos, con las reglas que identificamos con la democracia y, en definitiva, con todas las herramientas con que la humanidad se fue dotando, no sin torpezas ni imperfecciones, para evitar los abusos del más fuerte.
En estos tiempos reaccionarios y machirulos, en los que el planeta está en manos de una gerontocracia narcisista, en palabras del historiador Julián Casanova, pareciera que apenas sí hay un mínimo espacio para las propuestas emancipadoras que nos obligan a pensar en los derechos de todos y de todas como conquistas imparables. Es como si se hubieran claudicado las posibilidades de la utopía y de la compasión, una realidad que se expande gracias, entre otras cosas, a la incapacidad de las izquierdas para plantarle cara al mercado y para ser coherentes con los postulados de justicia social que dieron aliento a sus proyectos políticos. Ante este panorama, es lógico que muchas y muchos nos sintamos huérfanos, carentes de líderes en los que confiar y de espejos en los que mirarnos sin sentir vergüenza. Todo ello nos está conduciendo a una parálisis destructiva que están dejando unos vacíos enormes, por ejemplo en una juventud atrapada entre la happycracia y las escasas perspectivas de futuro, que están siendo inteligentemente ocupados por fuerzas que nos venden el humo de la libertad individual y que menosprecian, entre otras cosas, la igualdad como principio desde el que organizar una vida en común sin heridas.
Aunque yo mismo caigo con frecuencia en el desánimo y hay días en que me cuesta levantarme de la cama, siento que es mi responsabilidad – como padre, como profesor, como ciudadano – ser parte, aunque sea minúscula, de una contrahegemonía que permita, al menos, ir abriendo fracturas en un sistema que niega con descaro nuestra común humanidad. Si queremos seguir viviendo, y no solo sobreviviendo, no nos queda otra que comprometernos desde lo personal y lo íntimo, y por supuesto también en lo colectivo, con todas esas potencias que pueden ponerle freno a la ferocidad con lo que unos pocos administran bienes, recursos y expectativas. Como cantaba nuestro añorado Aute, nos va la vida en ello, el futuro de este mundo en ello. De ahí la necesidad, la urgencia, de que en este 2026 vindiquemos la belleza que supone no solo ser uno mismo sino también ser parte de una comunidad ancha y plural sin la que no podríamos sostenernos. Una apuesta revolucionaria frente a quienes pretenden hacer de este mundo una suerte de videojuego en el que siempre gana quién la tiene más larga, o quién más dispara, o quién con más chulería esquiva las reglas del juego para mantenerse en su púlpito. Ha llegado el momento, pues, en que empecemos a confiar en la potencia transformadora de la primera persona del plural. Enemigos siempre de la guerra y de su reverso, las medallas. Solo así, entiendo, tendrá sentido abrir la agenda nueva en la que todos los renglones están por escribir.
Publicado en el número de febrero de la revista GQ España:
https://www.pressreader.com/spain/gq-spain/20260127/281616721771993
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