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RONDALLAS: la alegría de lo común.

 


Para mí el cine siempre ha tenido un efecto sanador. La sala oscura ha obrado con frecuencia milagros en momentos en que me he sentido solo, o perdido, o con más preguntas que certezas. De ahí que incluso no haya necesitado compañía para disfrutar en mi butaca, y hasta en ocasiones ha sido para mi mejor hacerlo a solas de las historias que, a lo grande, me mostraban otro mundo posible. La potencia de unas emociones que quizás en ese momento yo tenía maltrechas en mi vida de aprendiz casi siempre insatisfecho. También cuando he sentido que el mundo se rompía en mil pedazos he corrido al cine como si fuera un refugio a salvo de bombas y de sátrapas. De esta manera, podría casi escribir mi biografía a través de las películas vistas y de los momentos en que me zarandearon y me llevaron de la risa a las lágrimas. Una biografía que podría ser la de una generación entera, la de un momento histórico, entre finales del siglo XX y el XXI, en el que tantas certidumbres se nos han ido haciendo líquidas.

 

A ese relato biográfico podía sumar ahora el de un inicio de año en el que hemos asistido una vez más a la demostración de cómo la ferocidad le está ganando la partida a la humanidad y de cómo las que creímos luces de la razón han sido engullidas por la “gerontocracia narcisista”, en palabras del historiador Julián Casanova, que gobierna el mundo. El día en que el diablo teñido de rubio volvió a dejar claro que sus argumentos riman con petróleo y testosterona, y en el que me fue imposible no sentirme atravesado por la flecha del desánimo que con tanta frecuencia me asaetea en esta década de esperanzas quebradas, de nuevo una sala de cine me devolvió la sonrisa y el ánimo necesario para seguir batallando, aunque fuera desde la trinchera. La última película de Daniel Sánchez Arévalo, un director que tanto me deslumbró con su Azul oscuro casi negro y en cuyo cine siempre encontré la huella de quien es capaz de pensar en otros hombres posibles, consiguió de nuevo que durante casi dos horas pudiera desconectar del fango y sintiera, entre otras cosas, que casi siempre lo mejor pasa por lo urdido de manera interdependiente. Por sentir y vivir la comunidad no como una suerte de identidad que aprisiona sino como un espacio desde el que conjugar los verbos en plural. Esta es una de las muchas lecturas que nos regula la luminosa Rondallas, un drama con tintes de comedia, o al revés, en la que si bien podemos detectar algún exceso melodramático y efectista, acaba ganando su energía positiva y la luz de unos personajes que nos invitan a reconciliarnos con esa dimensión de lo humano que en estos días cuesta tanto nombrar.

 

Con la ayuda de un reparto impecable, en el que de nuevo Javier Gutiérrez y María Sánchez vuelven a demostrar que son capaces de sostener hasta lo insostenible, y en el que sobresale un divertidísimo y tierno Tamar Novas al que nunca antes habíamos visto desenvolverse así en la pantalla,  Sánchez Arévalo ha conseguido una de esas películas destinadas a gustar a todo el público, sin renunciar a abordar cuestiones hondas como la superación del duelo o la salud mental de los jóvenes, y, de paso, mostrarnos una de esas tradiciones festivas, para mí desconocida, que nos demuestra que vivimos en un territorio en el que las músicas y las manos se entrecruzan de mil maneras para celebrar la vida. El guionista y director de Primos, o de la muy poco valorada y a mi parecer hermosísima Diecisiete, ha urdido una perfecta coreografía en la que cada pieza está en su sitio para generar el efecto emocional deseado. Con la habilidad propia de un artesano ha sabido mezclar ingredientes en sus justas proporciones para conseguir que los espectadores empaticemos con las historias que se nos cuenten, para que cada uno suelte la lagrimita en algún momento del metraje y para que, finalmente, todos sintamos ganas de bailar y hasta de enarbolar banderas, esos trapos que generan tantos monstruos, con la alegría de quien pese a todo no ha renunciado al niño que lleva dentro. Tal vez sin ser conscientes del todo de que no hay mejor vía para superar el dolor o las heridas que poner tus ojos en los ojos de otros.

 

El día tan oscuro en que Trump volvió a dejarnos claro, para quien tuviera alguna duda, de que nos gobierna un boys club en el que sus componentes caminan como si llevaran una pistola en cada mano – Cesc Gay dixit - , las Rondallas de Sánchez Arévalo dieron sentido a la cola que tuve que esperar para comprar la entrada, a la oscuridad de la sala en la que sobre todo había grupos de señoras mayores y a la ilusión que todavía conservo cuando miro la cartelera y pienso qué película voy a ver. Sin necesidad de que sea una obra maestra alabada por críticos sesudos y sí el relato necesario para que yo vuelva a confiar, cine mediante, en la potencia de lo humano. Con la misma alegría con que de niño me despertaba cada 6 de enero a la espera de lo que hubieran dejado en mi casa los únicos Reyes en que cree mi corazón republicano.


Publicada en el blog Quién teme a Thelma y Louise de Cordópolis

RONDALLAS, de Daniel Sánchez Arévalo, es divertida, tierna, emocionante, humana. Tiene un repartazo y nos descubre un mundo en el que la música genera redes intergeneracionales. No se me ocurre mejor manera de empezar el año en una sala de cine. https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/rondallas-alegria-comun_132_12886229.html

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