Las salas de cine continúan siendo para mí ese espacio en el que me refugio y me salvo. En el que, como si fuera un ritual laico, vivo una suerte de epifanía, siempre, eso sí, que la película es capaz de sacudirme por dentro. De herirme y de sanarme al mismo tiempo. Ningún lugar mejor pues para huir del ruido ensordecedor de las navidades, de la feria en que hemos convertido estos días, de los colores estridentes y brillantes que nos engullen y se nos atragantan, como los mantecados que se nos quedan pegados en el paladar. Amenazándonos con quedarse ahí para siempre. Después de un año en que he disfrutado de muchas películas en la pantalla grande, no podía imaginarme que la última del 2023 sacudiría todas las anteriores y me reconciliaría con ese cine aparentemente pequeño que, sin embargo, nos habla de la Humanidad con mayúsculas. Con amor y con humor. Con ese lenguaje tan peculiar que Kaurismäki despliega y que lo sigue manteniendo como un outsider. Fallen leaves , que arrastra...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez