Yo fui uno de esos niños raros a los que nunca les gustó el fútbol y que vivió con pesar una infancia y una adolescencia en las que tuve que aprender a sobrevivir sabiéndome diferente. Mis profesores de Educación Física, muy especialmente el que nos retaba durante el bachillerato a ser siempre hombres de verdad en las espalderas – “ subid ese culo, mariconazos ” - , completaron, junto a los sacerdotes y sus catecismos, una mala educación que me llevó a vivir un largo período entre el silencio de los armarios y la furia de la rebeldía. Supongo que fue justo ahí, en esos momentos tan decisivos en la forja de mi frágil hombría, cuando empecé a darme cuenta, no sé si del todo consciente, de que la masculinidad era una jaula, por más que el mundo en el que yo estaba creciendo representara el poder, el prestigio y la norma. Supongo que también, ya entonces, comencé a romper, de manera inconsciente, con las fratrías en las que mis compañeros de curso encontraban un territo...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez