Debo confesar que, de entrada, no tenía mucho interés en ver una de esas películas cuyos adelantos no había dejado de sufrir cada vez que iba al cine en las últimas semanas. Me daba la impresión de que trataba de un producto superficial y colorista, de esos con los que el cine norteamericano nos domestica a menudo. Sin embargo, la lectura de algunos análisis, sobre todo hechos por parte de mujeres críticas de cine, me animó a ir a verla. Además, entré en la sala con el ánimo muy arriba porque me alegró muchísimo ver, después de no sé cuánto tiempo, colas en las taquillas. Una experiencia que en los últimos tiempos cada vez se ha hecho más excepcional y que siempre me reconcilia con el poder del cine como ritual laico. Público de todas las edades, familias enteras y, delante de mí, dos de esos “nuevos padres” que, mochila al hombro, llevaban a un sus hijas y amigas, cada una con una Barbie en la mano, como quien va a un parque de atracciones. Mucho me temo que, sin embargo,...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez