En estos días de calor que abrasa, en un mundo que cada vez anda más directo a la deriva, no sé cuántos manifiestos he firmado, he leído o simplemente he encontrado en las redes sociales. El horror de los talibanes en Afganistán ha despertado nuestra conciencia solidaria, limitada en la mayoría de los casos a asumir públicamente un rol benefactor en forma de proclama, sentimiento o eslogan. Ello no quiere decir que bajo esa cobertura mediática no haya convicciones o compromisos auténticos, pero me temo que en la mayoría de los casos están limitados a ser una suerte de gaseoso impulso, una especie de conciencia inmediata que en seguida se acomoda, tal vez, en el mejor de los casos, porque bien sabe de nuestra pequeñez en cuanto sujetos revolucionarios. En este escenario donde las máscaras se imponen –recordemos el origen de la palabra persona, pensemos en el sentido escénico de la representación política– asistimos, junto a un derroche de auténticas cruzadas, a esperpentos como los ...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez