La alegría es contagiosa. Cuando la compartimos se multiplica, como si fuera un milagro humano, sin intervención divina, que nos reconcilia con los rostros esperanzados, con los cuerpos frágiles que nos igualan, con el baile que agita nuestra piernas cuando celebramos en comunidad. En estas semanas, en las que empezamos a sentir lentamente que no habrá otro abril robado, me ha llegado tal vez más que nunca esa energía potenciadora de la alegría, de la que es colectiva y por tanto política, de la que nos reconcilia con el sentido ético del bien común. Y no solo porque haya sentido como un calambrazo al saber que mis padres se vacunaban, sino porque no dejado de ver en las redes sociales, ese espacio con frecuencia tan airado e incómodo, a muchas mujeres y a muchos hombres, la mayoría en esas franjas de edad que los sitúan en las afueras, compartir el entusiasmo que les generaba un simple pinchazo. Ese que para el resto, los que seguimos a la espera, es como una especie de paliativo...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez