Nunca antes una sola cifra, un número tan rato y hasta tonto como 2021, había albergado tantas esperanzas. Ni siquiera yo, que nunca he vivido el tránsito de un año a otro como si fuera una puerta que se abre, porque para mí los ciclos siempre han empezado en septiembre, he podido sustraerme a la posible magia que todas y todos queremos ver en ese horizonte cercano. Como no soy de los que piensan que lo vivido en 2020 nos vaya a convertir en mejores seres humanos, entre otras cosas porque seguimos infectados de muchos virus para los que de momento no existe vacuna, mi esperanza tiene mucho de eso que llaman el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad. Porque tal vez, nuestro único salvavidas, más allá de esas inyecciones que esperamos como el mejor regalo de Reyes, sea mantener ese hilo de luz que nos acaba llegando a través de las ventanas abiertas del invierno. El mismo que nos acarició en la primavera en que nos arrebataron las calles, el que nos deslumbró en un verano de...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez