Cuando en estos días de confinamiento hablo cada mañana con mi madre, no me suele contar lo que está preparando de comida o lo que almorzó el día anterior, ni mucho menos me explica el bizcocho que nunca hará siguiendo un tutorial de YouTube. Es más normal que me cuente el libro que está leyendo y que nos pongamos a debatir sobre cómo, por ejemplo, Brenda Navarro en Casas vacías retrata la violencia masculina y las sombras de una maternidad que se rebela contra el “hágase en mí según tu palabra”. Mi madre, que me cuenta que cuando estaba embarazada de mí leía mientras cocinaba, con la novela de turno apoyada sobre una cacerola, apenas ve la televisión. Está deseando de tomarse su cena, cada vez más ligera, para meterse en la cama y allí, rodeada de libros y papeles, sentir que ha conquistado su habitación propia. Hace años que no solo lee, sino que también escribe un diario que no comparte con nadie y que cada 6 de enero, como si fuera un ritual, quema en la chimenea que sigue ...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez