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LA URGENTE DISIDENCIA MASCULINA


O cómo evitar que la masculinidad reaccionaria frene los avances de la igualdad



Tal y como planteara Michael Kimmel en su profético libro 'Angry White Men' (Hombres blancos enfadados), la crisis de la masculinidad tradicional es uno de los factores que está alimentando el crecimiento de opciones políticas conservadoras y reaccionarias. No es casualidad que muchos de esos partidos que a nivel global van ganando posiciones incluyan en sus programas la lucha contra la “ideología de género” o la crítica feroz de todas las transformaciones conquistadas gracias al feminismo. Estas fuerzas políticas, además de acogerse a los facilones discursos del miedo, están dándole voz a todos esos hombres que se resisten a perder su posición privilegiada y que asisten, entre atemorizados y cabreados, al deterioro progresivo de una hegemonía que durante siglos nos ha dado múltiples dividendos. Un modelo de hombre que hoy está en crisis, al haberse agrietado progresivamente las bases de un contrato sexual en el que nuestro rol de proveedores y mantenedores del orden era paralelo a la dependencia de las mujeres, concebidas como seres destinados a satisfacer nuestros deseos y necesidades.
Entre la ausencia de nuevos referentes y las inseguridades que provoca perder la solidez del suelo que se pisa, aparecen, como bien señala Lionel S. Delgado, los monstruos. Es decir, esos hombres que se resisten a bajarse del púlpito, que ven amenazas en cualquier propuesta emancipadora y que se agarran con más fuerza que nunca a una identidad agresiva, violenta y autoritaria. Los que en estos momentos, y ésta es sin duda una diferencia cualitativa con lo que ocurría hace apenas unos años, parecen no sentir ningún reparo al posicionarse públicamente como antifeministas, como machos hegemónicos que están dispuestos a salvarnos de utopías igualitarias, como individuos que perversamente se sirven de los instrumentos democráticos con el objetivo de acabar con la democracia.
Mucho se ha escrito en los últimos meses sobre cómo este tipo de opciones políticas se consolidan en todo el mundo, y han sido muchos los discursos instalados en la queja o en el desasosiego por parte de quienes ven en este machismo del siglo XXI una de las mayores amenazas para el bienestar y la justicia social. Creo, sin embargo, que deberíamos hacer el esfuerzo de ir más allá del diagnóstico, que creo que todas y todos podemos compartir, para situarnos en propuestas alternativas. Es decir, y es éste un llamamiento que me atrevo a hacer no sólo a los partidos políticos sino en general a la ciudadanía, ha llegado el momento de que empecemos a plantear otros guiones, otras miradas y, en definitiva, otros proyectos políticos que justamente partan de la igualdad como aliento básico de las democracias. Y ello pasa no sólo por una apuesta por seguir avanzando en la consolidación de los derechos de las mujeres, sino también, y con urgencia, en la propuesta de otras masculinidades que nos permitan convertir el malestar en oportunidad para el cambio.
Creo que uno de los grandes errores de quienes nos situamos políticamente en la antítesis de las emergentes fuerzas reaccionarias es precisamente quedarnos en la pataleta y no ser capaces de plantear discursos y proyectos ilusionantes. Unos proyectos que, a mi parecer, habrían de dotarse de los contenidos éticos del feminismo y deberían abrir la puerta a una construcción diversa de lo masculino. Sólo así sería posible superar las múltiples violencias que sufren las mujeres, las discriminaciones que derivan de un pacto de convivencia en el que aún ellas y nosotros no somos equivalentes o las injusticias que provoca un sistema que para convertirnos a nosotros en reyes requiere de princesas dispuestas siempre a andar un paso por detrás.
Necesitamos más que nunca hombres capaces de plantarle cara al machismo, que aprovechen las incertidumbres para quitarse corazas y máscaras, que vayan aprendiendo que la empatía y la ética del cuidado son presupuestos del bienestar compartido. Necesitamos pues una revolución personal y política que convierta la rabia masculina en ilusión democrática. Sólo así será posible evitar que los monstruos ocupen los parlamentos y conviertan nuestros sueños en pesadillas.
Publicado en el número de febrero de la revista GQ:
https://www.revistagq.com/noticias/articulos/masculinidades-y-feminismo/33053

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