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LA PÉRDIDA DEL PADRE Y DOS MUJERES PERDIDAS

Mentiría si dijera que la excelente primera película de Lino Escalera es solo una película sobre la pérdida de un ser querido. Por supuesto que es también el relato de cómo afrontar ese duro momento vital en el que nos vemos obligados a asumir la caducidad de los días, pero es mucho más que eso. Es también, y es lo que más me interesa, la historia de dos mujeres, las dos hermanas que de muy distinta manera se enfrentan al final del padre. Dos mujeres que asumen su eterna tarea de cuidadoras y de las que vamos descubriendo, con apenas unos trazos, sin grandes estridencias, que son perdedoras, que han sido maltratadas por la vida, si bien de distinta manera, que ambas son esclavas de un lugar en el mundo que no les satisface del todo, que casi podríamos afirmar que se limitan más a sobrevivir en la corriente que les ha tocado en suerte que a nadar contra ella.

La dura historia de No sé decir adiós, que nos enfrenta sin estridencias ni sentimentalismos a lo que supone una enfermedad terminal no tanto en quien la sufre sino en quienes lo rodean, nos ofrece el retrato de dos mujeres, Carla (Nathalie Poza) y Blanca (Lola Dueñas), que han seguido rumbos distintos y a las que encontramos, a una edad ya de madurez, igualmente perdidas y doloridas. Aunque cada una de ellas lo viva y lo exprese de manera muy distinta: Blanca desde el sentido común, que a veces es el menos común de los sentidos, la paciencia y una cierta resignación; Carla desde un proceso autodestructivo que la va haciendo cada vez más prisionera de su soledad y de sus angustias. Las dos, que vuelven a reunirse y hasta a enfrentarse en torno al patriarca que durante años fue el que puso ley y orden, y al que ahora vemos cómo se reduce casi a un niño, se nos muestran infelices, atadas, faltas de luz en un presente que tal vez poco tenga que ver con el que un día soñaron. Carla y Blanca, Blanca y Carla: dos nombres llenos de "aes", la letra del femenino, la que cierra siempre los sustantivos que designaron durante siglos al "otro". Una en el Sur de siempre, en la Almería seca del Sur, la otra en la Barcelona de mujeres y hombres cosmopolitas. La que se quedó y la que se fue.

La historia de estos tres personajes, y de los secundarios que son esenciales para entender mejor a los principales, está contada con temple dramática y sin ninguna concesión a lo facilón. Con elegantes y a veces fulminantes cortes a negro, como el bellísimo que cierra la película, que nos dejan a la intemperie. Un ejercicio tan ponderado, en el que incluso aflora el humor en algunas ocasiones, no habría sido posible sin un actor y unas actrices como quienes espero que en la próxima temporada de premios se lleven unos cuantos. Hacía tiempo que Juan Diego no hacía una interpretación tan contenida y emocionante, como hacía muchas películas que Lola Dueñas no volvía a brillar con esa mirada tan suya que se mueve entre la ingenuidad, la sensibilidad a flor de piel y una fragilidad que esconde fuerza de mujer. Pero sin duda la enorme protagonista de la película es una Nathalie Poza que compone una Carla desgarradora, enferma del alma, a la que la próxima muerte del padre le hace enfrentarse con el espejo. Su rostro, todo su cuerpo, hasta el último pelo de su cabeza, sirven a la perfección para expresar su desconsuelo. Y su rabia. Es imposible no entenderla, no empatizar con ella, no pensar en que ojalá para ella la pérdida del que se va sea el inicio del reencuentro con ella misma.


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