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LA MASCULINIDAD DISIDENTE


"Marica, loca, maricón, mariposón, mariquita, sarasa, julandrón, invertido, afeminado, bujarrón, puto, o el homosexual, el gay. A veces nos cruzábamos por las escaleras atestadas de alumnos, o en otro sitio, en medio del patio. No podían pegarme delante de todo el mundo, no eran tan tontos, los habrían expulsado. Se conformaban con un un insulto, marica nada más (u otra cosa). Nadie de alrededor le daba importancia, pero todo el mundo lo oía".


Hacía tiempo que no me emocionaba tanto como con esta novela confesional de Edouard Louis, el que antes fue Bellegueule, el que renunció a seguir llevando el apellido de quién le negó su propia identidad, el que tuvo que superar una infancia llena de humillaciones, una sociedad indecente en la que chicos como él no tenían cabida. En estos momentos en los que asistimos alarmados al incremento de las agresiones homófobas, y en los que incluso se detecta un repunte entre los más jóvenes, este libro debería ser de lectura obligatoria en institutos y universidades. Debería pasar de mano en mano, protagonizar clubes de lectura y provocar que todos, y muy especialmente los más jóvenes, se miraran en el espejo. 

El libro de Louis tiene la fuerza dramática que supone sentir en la propia piel los escupitajos de quienes te desprecian, el azote machista del padre, la presión de un entorno en el que la diferencia era condenada a la exclusión. La historia del joven Eddy ha sido, y me temo que continúa siendo, la de tantos jóvenes que todavía hoy temen reconocerse como son en contextos en los que sigue dominando la heteronormatividad. Una situación que se vuelve especialmente dolorosa en contextos rurales donde las pautas morales son más conservadoras y donde el control social puede convertirse en una espada que deje herido de por vida al más valiente.

La mirada de Louis tiene además el gran acierto de conectar su permanente exclusión con la supremacía de un modelo de masculinidad hegemónica que se traducía en expresas e implícitas pautas de socialización. En la familia, en la escuela, en el grupo de amigos, en el pueblo. "Los tíos duros del pueblo, que encarnaban todos los valores masculinos tan celebrados, se negaban a doblegarse a la disciplina escolar, y para él era importante haber sido un tío duro. Cuando mi padre decía de uno de mis hermanos o de mis primos que era un tío duro, yo le notaba la admiración en la voz".

Los tíos duros, los tipos duros no bailan, los niños no lloran. Los dictados del padre - patriarca - como titular del poder y la autoridad, y por lo tanto también de la violencia. La madre sumisa y obediente, dedicada a sus labores, rebelándose tímida en busca de su habitación propia: "La vida que llevaba la tenía aburrida y hablaba para llenar el vacío de esa existencia que no era sino una sucesión de momentos de hastío y de tareas penosísimas. Fue durante mucho tiempo ama de casa, como me pedía que le pusiera en los documentos oficiales. Opina que eso de profesión sus labores que pone en mi partida de nacimiento la insulta y mancilla. Cuando mis hermanitos crecieron lo suficiente para cuidarse solos quiso ponerse a trabajar. A mi padre le pareció degradante, era como poner en entredicho su condición masculina: quien tenía que llevar el jornal a casa era él." El indiscutido e indiscutible hombre proveedor, el padre que se define por su papel de productor, el dueño y señor de la casa y sus habitantes.

La masculinidad como transmisión de expectativas de género: "Mi padre se puso muy contento. En el pueblo no solo era importante haber sido un tío duro, sino también saber convertir a los hijos en tíos duros. Un padre reforzaba su identidad masculina mediante sus hijos, a quienes tenía que transmitir sus valores viriles, y mi padre iba a hacerlo, iba a hacer de mí un tío duro, estaba en juego su orgullo masculino".  Para ello, las herramientas clásicas: "Mi padre pensaba que el fútbol me curtiría y me propuso que jugase, como él de joven, como mis primos y mis hermanos". Bajo la presión de la autoridad, el acomodo, la renuncia, el calvario: "yo iba a llamarme Eddy Bellegueule. Un hombre de tío duro".  Ante el espejo, el sentimiento de culpa y la búsqueda de un disfraz: "Todas las mañanas, mientras me arreglaba en el cuarto de baño, me repetía constantemente esta frase, tantas veces que acaba por no querer decir nada, por no ser ya sino una sucesión de sílabas, de sonidos Me paraba y volvía a empezar. Hoy voy a ser un tío duro (...) y lloro al escribir estas líneas; lloro porque me parece una frase ridícula y repugnante, esa frase que me acompañó varios años y estuvo como quien dice, parece que no exagero, en el centro de mi existencia".

La novela va haciendo un recorrido pues no solo por el doloroso itinerario del joven autor sino también por cada uno de los paradigmas mediante los cuales Eddy veía a su alrededor construirse culturalmente la masculinidad. Uno de sus signos evidentes, la violencia: "En el pueblo, los hombres no decían nunca esa palabra, en sus labios no existía. Para un hombre, la violencia era algo natural, evidente".  Otro, el papel conquistador y dominador sobre las mujeres: "El ciclomotor era una de las formas de ligar de los tíos duros, que impresionaban a a las chicas haciendo el caballito o derrapando delante de ellas y llevándolas detrás. Has visto, no está mal mi burra". En tercer lugar, el rechazo de la homosexualidad como afirmación de la virilidad: "Para ellos jugar a los homosexuales era una forma de mostrar que no lo eran".

En ese contexto parece lógico que la única salida de Eddy fuera huir: "Huir era la única posibilidad que se me brindaba, la única a la que me veía reducido". Escapar para encontrarse, para no sentir asco de sí mismo, para reconocerse y ser reconocido. No ser otro, sino llegar a ser él mismo. Aunque para eso tuviera que romper, como de hecho lo hizo, con la vida previa. 

La hermosura de esta novela radica en que Edouard parece haber seguido al pie de la letra el consejo que Philip Roth le dio a un joven Ian McEwan: “Escribe como si tus padres hubieran muerto”. Así lo hace este chico francés, en cuya mirada enormemente azul es fácil detectar el dolor vivido y callado. El que luego convertiría en palabras escritas y que nacía desde la brutalidad de ver como su padre cogía a unos gatos recién nacidos, los metía en una bolsa de plástico y los estampaba contra un ribete de hormigón. 

Para acabar con Eddy Bellegueule es, sin embargo, pese a la dolorosa historia que cuenta, hermosa y honda literatura, vida que sangra y que ennoblece, grito y susurro a un tiempo. Un libro más que necesario para entender, más allá de la letra de las leyes y de las discursos éticos, que no puede haber felicidad ni justicia ni igualdad sin reconocimiento de las diferencias. Y que para eso es urgente, continúa siendo urgente, demoler el viejo pero resistente edificio del heteropatriarcado.




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