VENGANZA es el título original de la película danesa que en la pasada edición de los Oscar se llevó el galardón de mejor película extranjera. Un título mucho más ajustado a su contenido que el un tanto sensiblero y hollywoodiense "En un mundo mejor". La directora Susanne Bier nos plantea un relato contemporáneo sobre la violencia y sobre la naturaleza del ser humano a través de la historia de dos niños y de sus complejas relaciones con sus padres y en general con el mundo de sus mayores. Aunque a veces la película peque de excesivamente artificiosa, y por lo tanto corra el riesgo de ser poco creíble, acaba ganando la fuerza de unos personajes que nos sitúan ante dilemas morales muy profundos. El principal el que tiene que ver con el origen de la violencia y en cómo reaccionamos frente a ella. El papel de ese padre médico, forjado y herido por su dura experiencia en Sudáfrica, que pretende ofrecer la otra mejilla antes que contestar a una agresión, es tal vez el más logrado de una película que nos acaba mostrando que si la violencia se contesta con violencia se multiplica. Y que otro mundo es posible si asumimos la carga ética de valores como la compasión o el cuidado, y sobre todo si no renunciamos a las emociones como parte ineludible de nuestra racionalidad. En este sentido, Susanne Bier también nos ofrece en su película una mirada de género en cuanto que se detiene en la construcción de las masculinidades a través de la figura de los padres y de los niños. Unas masculinidades vinculadas a la agresividad, al heroísmo, a la autosuficiencia, a la no asunción de los sentimientos y muy especialmente del dolor. El mundo mejor al que alude el título pasa finalmente por superar esa concepción de la masculinidad y, en definitiva, por erosionar la manera hegemónica que aún tenemos de regular las relaciones con el otro. Algo que el personaje del médico aprende en su experiencia africana y que tanto le cuesta poner en práctica en una sociedad como la danesa, tan aparentemente perfecta y pacífica, pero llena de violencias latentes, de monstruos criándose, de niños que pueden convertirse en adultos que ponen bombas.
"Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz". Mi interés por Juana Inés de la Cruz se despertó el 28 de agosto de 2004 cuando en el Museo Nacional de Colombia, en la ciudad de Bogotá, me deslumbró una exposición titulada "Monjas coronadas" en la que se narraba la vida y costumbres de los conventos durante la época colonial. He seguido su rastro durante años hasta que al fin durante varias semanas he descubierto las miles de piezas de su puzzle en Las trampas de la fe de Octavio Paz. Una afirmación de éste, casi al final del libro, resume a la perfección el principal dilema que sufrió la escritora y pensadora del XVII: " Sor Juana había convertido la inferioridad ...
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