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TRES ADIOSES: la belleza de vivir.



 

En estos tiempos de miedo e incertidumbres, en los que a veces pareciera que todo lo que creíamos firme está a punto de derrumbarse, y en los que nos cuesta mirar más allá del aquí y del ahora, disfrutar de una película como Tres adioses es casi un ejercicio de rebeldía. Una contestación emocionante a lo sombrío de las amenazas que nos rodean y al pesimismo que con frecuencia nos asalta pese a vivir en una happycracia que nos obliga a mostrarnos felices. En la que a mi parecer es una de sus mejores películas, Isabel Coixet vuelve a sus temas de siempre pero con absoluta maestría los enreda en una trama que nos habla de nosotros mismos y en la que hay una apuesta decidida por la belleza de la vida, por el arte de pedalear como si estuviéramos a punto de volar, por la aceptación de nuestra fragilidad no como condena sino como herida que da pleno sentido a nuestros días.

 

La historia de Marta, basada en varios relatos de la italiana Michela Murgia, enlaza con otras obras de la directora, especialmente con Mi vida sin mí (ahí está el nombre del restaurante que coincide con la bella canción de Gino Paoli que se escuchaba en aquélla y  es como si sonara también aquí), pero las trasciende porque hay en ella una tensión que vindica las oportunidades senza fine de nuestra existencia. Esas ventanas que tienen que ver con los placeres, con la autonomía que con frecuencia nos lleva a equivocarnos, con los rincones de los que nos sentimos parte y,  claro, también, como no podía ser de otra manera en una película de la Coixet, con los olores y con los sabores. Somos lo que comemos y, por tanto, lo que elegimos, lo que descartamos, incluidos errores y dudas, trasiegos y soledades, desencuentros y despedidas, lugares que nos habitaron y cafés improvisados. Todo ello es contado sin renunciar a un contexto presente que nos habla de soledades galopantes, de ciudades que venden su alma al diablo y de millones de heridas que apenas si percibimos en quienes nos rodean. De esta manera, y sin que en ningún momento la película se desborde hacia subrayados excesivos, Tres adioses es también un retrato de nuestra época, de nuestros difíciles amores, de las huellas y sombras de los espacios urbanos, de la centralidad a menudo olvidada de los vínculos que nos sostienen.

 

Una impresionante Alba Rohrwacher, a la que yo descubrí gracias a las películas de su hermana Alice y a la serie La amiga estupenda, sostiene un relato en el que su rostro es capaz de expresar en unos minutos todos los matices emocionales que pudiéramos imaginar. Su Marta es fuerte pero también débil, extraña pero también cercana, luminosa pero a veces iracunda, bella siempre con su cara recién lavada y su pelo despeinado. Sus manos y su voz hacen el resto, de ahí el delito que sería ver esta película en versión doblada. Si bien ella es el eje central de Tres adioses, el resto de los personajes no son simples apéndices sino que son piezas clave de ese ovillo con el que Coixet va tejiendo una historia colectiva en la que todas y todos – desde la hermana de la protagonista a  Antonio, la pareja que la abandona, pasando por su compañero de instituto, por sus alumnas o por la joven que trabaja en el restaurante y hasta por la médica que la atiende  – son parte de un ovillo en el que reside la vida. Hilos y más hilos que bien podrían ser los de esa pasta italiana conocida como “hilos de Dios” que en Cerdeña hacían las mujeres con paciencia infinita. 

 

Además de un guion bien afinado y en el que no  falta ese humor tan Coixet que nos evita a veces caer por el precipicio, la forma en que Tres adioses ha sido rodada y cómo en ella Roma se convierte en una protagonista más, sin caer en la facilona épica con la que tantas veces hemos visto la capital italiana en el cine y con ese punto de nostalgia en el que se reconoce alguien que como yo también tiene su mapa de lugares romanos, hacen de esta obra una de esas rarezas que de tarde en tarde nos reconcilian con la capacidad humana de reaprender y redescubrirnos. En este caso gracias al juego de espejos, emociones y hasta de músicas con las que la directora catalana nos invita a dejar de preguntarnos con tanta insistencia por el porqué de las cosas y a dejar que los días, también con su capacidad para atravesarnos cual espadas, sean esa calle abierta por la que circular a la espera de las muchas sorpresas que nos depara la vida. Aprendices de esa sabiduría que supone saborear siempre un helado como si fuera la última vez que lo hiciéramos, tranquilos pues ante el horizonte inevitable de una muerte que llegará y ante la que no nos queda más inteligente opción que disfrutar la vida apreciándola como si fuera una obra de artesanía – tre ciotole - siempre a punto de romperse. En ese momento sin fin donde brillan todas las estrellas.


Publicado en el blog Quién teme a Thelma y Louise de Cordópolis:

https://cordopolis.eldiario.es/blogopolis/blogopolis-quien-teme-a-thelma-y-louise/tres-adioses-belleza-vivir_132_12968128.html


 


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