Hace treinta años no era el hombre que soy. Mi hijo no había nacido, no me había casado, seguía escondido tras mi corazón coraza. Tres décadas después, he conseguido poco a poco, no sin lágrimas, mirarme en el espejo y reconocerme, aunque soy consciente de que sigo en el proceso de soltar lastre e ir mucho más ligero por la vida. En este tiempo he empezado a vivir más allá de mi diario y he asumido, al fin feliz, que fui un niño raro y que he acabado siendo un macho disidente. Un padre imperfecto, una pareja complicada, un interrogante diario, una especie de nómada que se revuelve en cuanto que se siente atrapado en una habitación pequeña. Tal vez porque he empezado a entender que soy un forastero sin remedio, un varón que encuentra su razón de ser en las fronteras, un sujeto que al fin se liberó de la culpa y de los dioses. Un niño raro e inquieto. Mi vida ha cambiado mientras lo hacía un país, un mundo, en el que el siglo XXI parece empeñado en dejarnos des...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez