Ir al contenido principal

TESTAMENT. Un viaje desde la estupidez a la esperanza

 


Jean Michel Bouchard, encarnado por un estupendísimo Remy Girard, es el prototipo de hombre viejo que, a diferencia de lo que le suele pasar a muchas mujeres de su misma edad, se enfrenta al final de sus días entre la melancolía y el hastío. Con un pesimismo que le impide mirar hacia el futuro y con el peso de una soledad que ha ido trabajándose a lo largo de los años. Un hombre, como tantos, que no ha sabido crear vínculos, que es incapaz de reinventarse y que sabe que nadie lo llorará cuando muera. Impecable con su traje de siempre, con la corbata que parece anudar las emociones,  severo desde su atalaya de intelectual, acostumbrado a pagar a cambio de afecto. Un tipo que, siendo un privilegiado (como lo demuestra la residencia/apartamento en que vive), siente no solo que es un sujeto en la etapa final de su vida sino que el tiempo que está viviendo ya no es el suyo. A través de él, y de los subrayados con que su voz en off nos va mostrando los dilemas y las certezas del personaje, el canadiense Denys Arcand articula una película que sabe justamente a lo que anuncia su título y en la que una vez más el director canadiense nos da una bofetada de realidad. Con muchos toques de comedia y sarcasmo. Siguiendo la estela de títulos tan imprescindibles como El declive del imperio americano o Las invasiones bárbaras. 

 

Testament no es una comedia sobre la vejez, aunque también está llena de apuntes sobre esa etapa que en general los hombres gestionamos con menos sabiduría que las mujeres, sino que el momento que está viviendo el protagonista le sirve de pretexto a Arcand para mostrarnos un fresco de esta sociedad de guerras culturales, de causas identitarias y de compromisos cívicos que no son tales porque no articulan  lo común sino la trinchera chillona de un grupo o minoría. Con su habitual carga irónica y por momentos humorística, el director no deja títere con cabeza y hace que veamos desnudo al emperador. Es decir, a los movimientos sociales que se han convertido en defensores de causas que generan ruido aunque carezcan de sólidas razones, a los medios de comunicación que son parte esencial en cómo se genera atención y espectáculo frentista, a una clase política que tiene asumido que la ciudadanía se deja llevar más por la apariencias que por la verdad o, en general, a un modo de vida en el que hemos normalizado que continuamente nos estén indicando cómo estar sanos y ser felices. Siempre en esa peligrosa línea que supone convertir en un régimen de verdad, perversamente moralista y moralizante, lo que se nos presenta como expresión máxima de nuestro ser libre y digno.  La mirada de Testament sobre las políticas culturales (y no solo culturales), sobre la revisión de la historia en función de nuestra mirada contemporánea, sobre el feminismo entendido como nicho de mercado y como bandera supuestamente revolucionaria, sobre el activismo social liderado por quienes no sufren la marginación o sobre las identidades presentadas como la máxima expresión de nuestro ego narcisista, enlaza perfectamente sobre esa crítica que había ido dejando caer en su filmografía sobre unos estilos de vida, sostenidos en la democracia, pero que con frecuencia nos llevan al precipicio de la estupidez y hasta de una cierta tiranía. Esa que parece detectar Jean Michel en mundo en el que ha dejado de entender buena parte de lo que pasa y en el que, por ejemplo, asistimos al reciclaje de bibliotecas enteras a favor de unos videojuegos que, se supone, estimularán los sentidos y la cabeza de unos ancianos de los que el sistema se aprovecha y con frecuencia maltrata. Y es que el conocimiento ya no es lo que era. Ni la dignidad tampoco.

 

Pese a su demoledora crítica del mundo que nos hemos dado, y a lo incontestable de todos los momentos en que vamos mirándonos en un espejo que nos devuelve nuestra peor imagen, Testament no acaba siendo una película pesimista. Arcand nos concede un respiro y abre una pequeña gran ranura para la esperanza con un final feliz que nos reconcilia con lo mejor de nosotros mismos. Esa ranura tiene que ver justamente con todo aquello que Jean Michel había ido arrinconado a lo largo de su vida. Es decir, la centralidad de los vínculos y los afectos, la necesidad incluso de la bondad como única posibilidad de hacer la vida más vivible, la magia de los cuidados en cuanto creadores de esperanza en el futuro. Ese que adivinamos, aunque complicado, en el paseo final por un escenario otoñal en el que, sin embargo, Bouchard ha encontrado una posibilidad de reinvención en el compromiso hacia las generaciones futuras. Al fin, suponemos, liberado, o cuando menos a salvo, de tanta estupidez circundante y de tanta flecha apuntando a la diana equivocada. Como esa mujer mayor que decide volver al tabaco, al whisky y los dulces con mucha grasa y azúcar, tras haber comprobado que ni los buenos hábitos nos salvan de la muerte.

 

Testament se ha estrenado directamente en la plataforma Movistar 

Publicado en el blog Quién teme a Thelma y Louise, Cordópolis:

Comentarios

Entradas populares de este blog

YO, LA PEOR DEL MUNDO

"Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz". Mi interés por Juana Inés de la Cruz se despertó el 28 de agosto de 2004 cuando en el Museo Nacional de Colombia, en la ciudad de Bogotá, me deslumbró una exposición titulada "Monjas coronadas" en la que se narraba la vida  y costumbres de los conventos durante la época colonial. He seguido su rastro durante años hasta que al fin durante varias semanas he descubierto las miles de piezas de su puzzle en Las trampas de la fe de Octavio Paz. Una afirmación de éste, casi al final del libro, resume a la perfección el principal dilema que sufrió la escritora y pensadora del XVII: " Sor Juana había convertido la inferioridad ...

CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

  De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.   Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía...

CARTA DE MARÍA MAGDALENA, de José Saramago

De mí ha de decirse que tras la muerte de Jesús me arrepentí de lo que llamaban mis infames pecados de prostituta y me convertí en penitente hasta el final de la vida, y eso no es verdad. Me subieron desnuda a los altares, cubierta únicamente por el pelo que me llegaba hasta las rodillas, con los senos marchitos y la boca desdentada, y si es cierto que los años acabaron resecando la lisa tersura de mi piel, eso sucedió porque en este mundo nada prevalece contra el tiempo, no porque yo hubiera despreciado y ofendido el cuerpo que Jesús deseó y poseyó. Quien diga de mí esas falsedades no sabe nada de amor.  Dejé de ser prostituta el día que Jesús entró en mi casa trayendo una herida en el pie para que se la curase, pero de esas obras humanas que llaman pecados de lujuria no tendría que arrepentirme si como prostituta mi amado me conoció y, habiendo probado mi cuerpo y sabido de qué vivía, no me dio la espalda. Cuando, porque Jesús me besaba delante de todos los discípulos una ...