En recuerdo y homenaje a Manolo Piedra, el Zeta, que se nos ha ido al reino de la Zarzamora Hace una semana, cuando mis ojos andaban juguetones por la patria de Sofía Loren y por los azules de Capri, recibí la noticia de la muerte de Manolo Piedra, el Zeta. Leí el mensaje en el ferry que nos llevaba de una orilla a otra de la costa amalfitana. Por un instante, entre lágrimas que intenté disimular, creí verlo sentando, eternamente joven, en una elegante terraza de Sorrento, quizás enamorado de un marinero de brazos tatuados, como en una de esas coplas que para él fueron espejo y balcón. Observado por un Gore Vidal que habría resucitado para escribir la vida de un egabrense que no estará en los libros de texto. Manolo, el Zeta, como se le conocía en Cabra, mi pueblo y el suyo, fue uno de esos hombres a los que les tocó vivir una España en la que sus deseos estaban tipificados en el Código Penal y sancionados en el catecismo. Él fue, en mi infancia y adolescencia, el maricón del pue...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez