Seguramente habrá quien reproche a la última película de Kenneth Branagh ciertos momentos de sensiblería, o que apenas entre en el análisis del conflicto entre católicos y protestantes, o que idealiza en exceso el territorio de su infancia. Puede ser que tengan algo de razón en todos estos reparos, pero por encima de ellos a mí Belfast me ha parecido una de las películas más bellas que he visto en los últimos meses. Entre otras cosas porque no pretende ser una película política, ni un documento histórico, ni una sucesión de imágenes que nos vende un discurso. Siguiendo la estela de obras tan cercanas en el tiempo como la Roma de Alfonso Cuarón o Fue la mano de dios de Sorrentino , el director recrea los días de su niñez en medio del polvorín que le tocó vivir, como si viviera en una especie de salvaje Oeste, y en esa recreación el conflicto político, y la violencia que genera, es un telón de fondo, porque lo que realmente le interes...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez