Los hombres hemos estado siempre tan acostumbrados a ocupar todos los espacios, a dominar los imaginarios y a definir los relatos que nos hacen reconocibles como la Humanidad entera, que todavía hoy nos cuesta renuncia a ese privilegio consistente en usurpar la universalidad. Algo que, por ejemplo, sigue siendo muy habitual cuando se plantean las reivindicaciones relativas a la diversidad sexual. La palabra gay vuelve a dominar la escena y, como ya sabemos, el lenguaje no es inocente. Al contrario, las palabras dejan muy claro quiénes son poderosos y quiénes no. De ahí que sea necesario insistir en hablar de matrimonio igualitario y no gay, o de que las celebraciones del Orgullo no aparezcan monopolizadas por la masculinidad hegemónica. Porque no solo el imagino invisibiliza a las mujeres, sino que también suelen quedar fuera todas esas masculinidades que, aun siendo gais, no responden al patrón del machito homosexual que el mercado se ha encargado de hacer apetecible. Esa terribl...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez