Siempre que leo un texto de Alberto Conejero , aunque solo sea un rápido mensaje de messenger, encuentro en sus palabras un sabor a metáforas que parecen estar siempre luchando contra los barrotes de la jaula. La sed de infinitud, que decía Carmen Martín Gaite . Hay en sus renglones, como también adivino en su rostro de adolescente que todavía desea cambiar el mundo, una permanente búsqueda del sentido último de la poesía que habita en la razón. Es imposible no recordar a María Zambrano revoloteando entre sus líneas. Y todo ello en un época poco dada a buscar argumentos con las armas de la belleza. En su obra Todas las noches de un día, que ahora se representa en el Bellas Artes de Madrid, Alberto nos enreda en ese mundo que él trata no sé si de dominar, pero sí como mínimo de entender, con la ayuda de palabras que nos abrazan/inquietan/sacuden/acarician. La obra, que es como un juego de puertas que se abren y se cierran, un laberinto en el que conviven amores y fantasmas, heri...
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez