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¿PARA CUÁNDO UN ORGULLO FEMINISTA?

Hace unos días mi compañera, la profesora de la Universidad de Barcelona Argelia Queralt comentaba en su Facebook, asombrada ante el despliegue madrileño con las celebraciones del Orgullo, por qué no ocurría algo similar con las reivindicaciones de las mujeres. Ella misma se asombraba de cómo un colectivo había logrado en poco tiempo generar tanta atención y expectación mientras que todavía hoy las feministas necesitan tanto esfuerzo no solo para que su voz se escuche sino, de entrada, para que sean tomadas en serio.  Las reflexiones de Argelia ponen el dedo en algunas de las llagas que en estas “sociedades formalmente iguales” continúan manteniendo como subordiscriminadas a las mujeres, al tiempo que cuestionan la deriva que, a mi parecer, está tomando una celebración, la del 28J, que parece haber encontrado un feliz acomodo en la gozosa intersección entre neoliberalismo y patriarcado.

Pienso que las respuestas ante los interrogantes que se planteaba mi colega están interrelacionadas. El color violeta del feminismo, que como bien saben todos los que se han tomado un mínimo interés en rastrear su historia no es solo un movimiento vindicativo sino también toda una teoría política emancipadora, difícilmente alcanzará el nivel de reconocimiento social y apoyo político que está consiguiendo la bandera del arco iris porque, entre otras cosas, sus propuestas son críticas con los poderes establecidos. Es decir, el feminismo es incómodo porque pone ante el espejo a la mitad masculina privilegiada y a todas las estructuras que los hombres hemos ido creando y prorrogando para mantener nuestros dividendos.  Unas estructuras que se han visto ferozmente reforzadas en estos años de neoliberalismo salvaje en los que no es por tanto casualidad que estemos asistiendo a lo que se ha llegado a calificar como “revancha patriarcal”.  El cóctel explosivo que representa la sacrosanta libertad individual – o, lo que es lo mismo, la libertad omnipotente de los que están en la parte privilegiada del contrato – y la necesidad de reconducirnos a meros consumidores – de bienes, de experiencias, de deseos – está provocando que el siglo XXI sea el más peligroso para las que están en posición de extrema vulnerabilidad y se convierten por tanto en objeto consumido, contraparte sometida o simplemente en cuerpo sobre el que el patriarcado continúa escribiendo sus reglas.

Las celebraciones del orgullo, que han ido perdiendo progresivamente su tono reivindicativo y se han convertido en una fiesta de la que es evidente hay sectores – económicos pero también políticos – que obtienen sabrosos beneficios, encajan a la perfección en unas dinámicas donde el ocio y el placer, mediados por el dinero, se convierten en las reglas del juego. Unas reglas ante las que, insisto, no todos somos iguales. De entrada, no lo pueden ser quienes forman parte del colectivo  y no pueden permitirse el lujo de formar parte de la fiesta simplemente por razones económicas, como tampoco lo son quienes viven en contextos que nada tienen que ver con los urbanos y en los que la vivencia de la diversidad sexual está lejos del frenesí de Chueca.

Ahora bien, quienes continúan siendo las más desiguales, de entrada por razones de invisibilidad, son las mujeres, las cuales apenas forman parte de los discursos que se articulan en torno a esta celebración, ni muchos menos del imaginario colectivo que se está creando. Es decir, el sujeto estándar continúa siendo el varón, el varón con poder me atrevería a decir, por lo que me temo que lo debería ser una palanca más para subvertir las fuerzas del patriarcado no acabe siendo sino un factor más de apuntalamiento de un régimen político en el que continúa estando muy claro quién dicta las normas, quien tiene el monopolio de lo público y quién goza del prestigio y la autoridad. De ahí que, por ejemplo, no nos debería extrañar que sean justamente una parte del colectivo de hombres gais quienes estén pidiendo la regulación en nuestro país de los vientres de alquiler.
No seré yo quien niegue la alegría que supone vivir en un país donde son posibles celebraciones como las del 28J, ni quien se oponga a un estilo de fiesta en el que yo al menos no me siento identificado, pero sí que creo que es necesario hacer un análisis mucho más reposado del momento en el que estamos con respecto a las políticas de igualdad y sobre cuáles son los retos que como sociedad democrática deberíamos plantearnos. Por supuesto que todas las leyes que reconozcan, y a ser posible garanticen, derechos son bienvenidas, pero no nos basta con dichos instrumentos como tampoco la explosión festiva del 28J debería satisfacernos del todo. Porque, si arañamos ligeramente la superficie, podemos comprobar cómo la dimensión estructural de las desigualdades continúa casi inamovible y como además el perverso sistema está haciendo todo lo posible para desactivar luchas, generar enfrentamientos y diluir los sujetos políticos. Para quienes seguimos pensando que la madre de todas las batallas es la que todavía hoy debemos seguir manteniendo contra el patriarcado, es urgente que sumemos energías, no equivoquemos el foco al señalar al oponente y, sobre todo, desarrollemos estrategias sociales y políticas que permitan empoderar a las que, con independencia de su orientación sexual y no digamos que con ella, continúan estando en la parte subordinada del pacto. Mientras que no rompamos esas cadenas, me temo que otras muchas que van anudadas a esa que es la principal continuarán manteniendo su brillo. Y, en todo caso, nunca deberíamos olvidar, tampoco los hombres gais, bisexuales o de género fluido, que, como bien nos enseñó Audre Lorde, nunca podremos desmantelar la casa del amo usando sus herramientas.

Imagen: Fotograma de la serie When we rise
Publicado en PÚBLICO, 24/06/17:
http://blogs.publico.es/otrasmiradas/9313/para-cuando-un-orgullo-feminista/

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